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Cristo contó con Venezuela

Cómo un sacerdote español y un pequeño grupo de laicos dieron origen, en 1959, a uno de los Movimientos de Cursillos más influyentes de América Latina.

Cuando se escribe la historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en América Latina, Venezuela ocupa un lugar verdaderamente privilegiado. No solo fue uno de los primeros países del continente en acoger este providencial instrumento de evangelización, sino que desde allí surgiría un impulso misionero que ayudaría al nacimiento y consolidación del Movimiento en numerosos países americanos.

La historia comienza con un sacerdote español que jamás imaginó que una misión temporal cambiaría para siempre la vida de miles de personas.

Un sacerdote providencial

El 3 de abril de 1959 llegaba a Caracas el padre Cesáreo Gil Atrio, sacerdote de los Operarios Diocesanos, enviado desde España para cumplir una misión completamente distinta a la que finalmente desarrollaría.

Había conocido los Cursillos de Cristiandad pocos años antes, durante su ministerio en Tuy-Vigo. Aquella experiencia transformó profundamente su manera de entender la evangelización. Desde entonces se dedicó intensamente al Movimiento, impartiendo cursillos y desempeñando el servicio de Asesor Diocesano hasta que sus superiores lo destinaron a Venezuela.

Nada hacía pensar que aquella nueva etapa marcaría un antes y un después en la historia del MCC latinoamericano.

Una conversación que cambió la historia

Pocos días después de llegar a Caracas, el padre Cesáreo fue recibido por el arzobispo, Mons. Rafael Arias Blanco. En principio, su misión debía esperar la decisión de la Conferencia Episcopal, por lo que comenzó dando algunas clases en el Colegio La Salle.

Sin embargo, un sacerdote tan dinámico no tardó en pedir nuevas responsabilidades. Durante una conversación con el arzobispo comentó su experiencia en los Cursillos de Cristiandad desarrollados en España. Aquella sencilla referencia despertó inmediatamente el interés del prelado.

La respuesta fue tan inesperada como decisiva:

—«Organice los Cursillos en Caracas.»

Aquella petición daría origen a una de las historias más fecundas del Movimiento en América.

Adaptar el carisma a una nueva realidad

Mons. Arias comprendió que América tenía características sociales y pastorales diferentes a Europa. Por ello pidió al padre Cesáreo tres condiciones antes de comenzar.

La primera fue conocer la experiencia colombiana, donde el Movimiento ya estaba presente. La segunda consistía en que los Cursillos estuvieran pensados también para los matrimonios y la realidad familiar venezolana. La tercera era mantener una estrecha comunión con la Acción Católica para evitar cualquier enfrentamiento pastoral.

Estas orientaciones muestran una constante que acompañará siempre al MCC venezolano: la plena comunión con la Iglesia y la capacidad de adaptar el método sin perder el carisma recibido.

El viaje a Colombia

Con escasos recursos económicos, el padre Cesáreo emprendió un largo viaje por carretera hasta Bogotá.

Allí pudo conocer de cerca la experiencia colombiana, reunirse con sacerdotes y dirigentes laicos y estudiar cuidadosamente el desarrollo de los Cursillos.

Aquella visita confirmó algo que posteriormente sería una de las grandes aportaciones venezolanas al Movimiento: la importancia del Poscursillo, de la Reunión de Grupo y de la Ultreya como elementos imprescindibles para la perseverancia de los cursillistas.

El nacimiento del Movimiento en Venezuela

Con la aprobación del arzobispo comenzaron los preparativos.

Había que encontrar un equipo, un lugar, unos candidatos… y, sobre todo, confiar en la Providencia.

El padre Cesáreo reunió a un grupo extraordinario de colaboradores entre los que destacaban Jorge “El Indio” del Villar, pionero de los Cursillos en Bolivia; Antonio Romeu; el padre Digno Mariño y numerosos laicos que comprendieron desde el primer momento la importancia de aquella obra.

Finalmente, el 20 de agosto de 1959 comenzaba en Caracas el primer Cursillo de Cristiandad para hombres celebrado en Venezuela.

Una semana más tarde, el 27 de agosto, se celebraba el primer cursillo de mujeres, cumpliéndose así el deseo del arzobispo de que el Movimiento llegara también a las familias mediante la evangelización de ambos esposos.

Había nacido oficialmente el Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Venezuela.

Los primeros dirigentes venezolanos

Desde el principio quedó claro que el Movimiento no podía depender únicamente de quienes habían llegado desde España.

Era necesario formar dirigentes propios.

Así nacieron los primeros Secretariados masculino y femenino y comenzó a tomar forma la futura Escuela de Dirigentes. Apenas unos meses después ya existían los primeros rectores y rectoras venezolanos, así como varios sacerdotes preparados para desempeñar el servicio de Directores Espirituales.

La semilla comenzaba a dar fruto con extraordinaria rapidez.

La expansión por todo el país

Apenas un año después de los primeros cursillos celebrados en Caracas, el Movimiento comenzaba a extenderse por toda Venezuela.

Maracaibo fue la primera diócesis fuera de la capital en recibir los Cursillos durante 1960. Después llegarían Maracay, Barquisimeto, Valencia y, en muy poco tiempo, Cumaná, Coro, Mérida, Maturín, Ciudad Bolívar, Calabozo, Machiques y San Cristóbal.

El crecimiento fue tan rápido que hizo necesaria una mayor coordinación nacional.

La primera Asamblea Nacional

Uno de los acontecimientos más importantes de esta primera etapa fue la celebración, en julio de 1961, del primer Cursillo de Dirigentes de Venezuela.

Participaron más de un centenar de personas, entre laicos, sacerdotes y obispos, acompañados por dirigentes llegados desde España. Inmediatamente después tuvo lugar la Primera Asamblea Nacional del Movimiento, considerada uno de los momentos más trascendentales de la historia del MCC venezolano porque permitió unificar criterios, fortalecer el método y consolidar la identidad del Movimiento.

Aquellas jornadas marcaron el inicio de una nueva etapa de madurez.

El reconocimiento de la Iglesia

El crecimiento del Movimiento fue acompañado en todo momento por la jerarquía venezolana.

El 21 de octubre de 1961 la Conferencia Episcopal autorizó la creación del Secretariado Nacional.

Pocos meses después, el 21 de febrero de 1962, aprobó las Normas del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Venezuela y designó oficialmente al padre Cesáreo Gil como Asesor Nacional y a Blas y María Luisa Lamberti como presidentes nacionales.

Era el reconocimiento oficial de una realidad que ya estaba transformando la vida de miles de personas.

Una influencia que cruzó fronteras

La importancia de Venezuela dentro del Movimiento de Cursillos trasciende ampliamente sus propias fronteras.

Muchos dirigentes venezolanos colaboraron posteriormente en el nacimiento y desarrollo de los Cursillos en otros países de América Latina. Sus experiencias, su reflexión sobre el método, la organización de la Escuela de Dirigentes y la consolidación del Poscursillo ejercieron una influencia decisiva en el crecimiento continental del Movimiento.

No es casualidad que numerosos historiadores del MCC consideren a Venezuela uno de los países que más contribuyeron a configurar el rostro latinoamericano de los Cursillos de Cristiandad.

Una historia que sigue escribiéndose

Desde aquel lejano 20 de agosto de 1959 hasta nuestros días, miles de venezolanos han descubierto, gracias al Movimiento de Cursillos de Cristiandad, la alegría del encuentro personal con Cristo.

La intuición del padre Cesáreo Gil, la confianza de Mons. Arias Blanco y la entrega generosa de los primeros dirigentes permitieron que una pequeña semilla sembrada en Caracas se convirtiera en un árbol frondoso cuyas ramas alcanzaron buena parte del continente americano.

Hoy, esa historia continúa escribiéndose cada vez que un nuevo cursillista descubre que Cristo le ama, que la Iglesia le necesita y que la mejor forma de evangelizar el mundo sigue siendo la amistad vivida en gracia. Porque, como tantas veces ha demostrado la historia del Movimiento, cuando Dios encuentra corazones disponibles, una pequeña semilla puede transformar todo un país.

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