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De Colores en Quisqueya: la historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en República Dominicana

Hablar de la historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en la República Dominicana es hablar de una auténtica aventura de fe. Es contemplar cómo el anuncio sencillo y alegre de lo fundamental cristiano fue encontrando caminos, rostros y corazones dispuestos a vivir y compartir la experiencia del encuentro con Cristo.

Como ha sucedido en tantos países de América Latina, los Cursillos llegaron a tierra dominicana impulsados por hombres y mujeres convencidos de que el Evangelio podía transformar la vida de las personas y, a través de ellas, los ambientes donde vivían. Lo que comenzó con pequeños grupos de dirigentes y unos pocos cursillos, terminó convirtiéndose en una vigorosa realidad eclesial que alcanzó numerosas diócesis del país.

Los primeros pasos: Santo Domingo como punto de partida

Los primeros equipos procedentes de Santo Domingo desempeñaron un papel decisivo en la expansión inicial del Movimiento. Desde la capital partieron dirigentes y sacerdotes que, movidos por el deseo de llevar la Buena Nueva a todos los rincones de la nación, colaboraron en la celebración de los primeros cursillos en distintas diócesis.

Aquellos pioneros no solo llevaron una metodología. Llevaron entusiasmo, amistad, espíritu de servicio y una profunda confianza en la acción de la gracia. Gracias a ellos fueron naciendo nuevas Escuelas de Dirigentes y Secretariados que, con el paso de los años, adquirirían identidad y fuerza propias.

La Vega: una diócesis madre para gran parte del país

Entre las diócesis dominicanas, La Vega ocupa un lugar especial en la historia del Movimiento. Allí se celebró el primer Cursillo de Cristiandad entre los días 21 y 24 de noviembre de 1963. Un pequeño grupo de doce hombres vivió aquella experiencia fundacional bajo la dirección de dirigentes procedentes de Santo Domingo.

Los comienzos no fueron fáciles. Los primeros cursillistas tuvieron que abrirse camino en un ambiente poco acostumbrado a ver a hombres comprometidos públicamente con la fe. Sin embargo, el entusiasmo de aquellos primeros apóstoles fue extraordinario. Se reunían constantemente para compartir amistad, oración y compromiso apostólico.

Muy pronto comenzaron a celebrarse nuevos cursillos. En febrero de 1964 tuvo lugar el primero de mujeres, y de aquellos primeros grupos surgiría una Escuela de Dirigentes dinámica y comprometida. La casa de Hubert Álvarez Valencia y Ramonita se convirtió en un verdadero cenáculo donde nacieron iniciativas apostólicas, se consolidó el Secretariado y se fortaleció la formación de los dirigentes.

Con el paso de los años, La Vega se transformó en una auténtica diócesis misionera dentro del MCC dominicano. Desde allí se prestó ayuda a otras diócesis nacientes, se compartieron equipos y se acompañó la formación de nuevas escuelas. La histórica Casa de Cursillos Padre Fantino llegó a convertirse en un punto de referencia para numerosas generaciones de cursillistas.

San Francisco de Macorís: una obra nacida de la fraternidad

La historia de San Francisco de Macorís muestra claramente cómo el MCC crece cuando existe comunión entre las diócesis.

Tras la creación de la diócesis en 1975, Mons. Nicolás de Jesús López Rodríguez convocó a un grupo de cursillistas para poner en marcha la Escuela de Dirigentes. Durante varios años recibieron el apoyo constante de los hermanos de La Vega, que acudían generosamente para colaborar en la formación y en la realización de los primeros cursillos.

Los cinco primeros cursillos se celebraron en Nagua, y posteriormente se trasladaron a la Casa Padre Fantino de La Vega. Aquella ayuda fraterna permitió consolidar una estructura sólida que posteriormente caminaría con autonomía.

Un impulso decisivo llegó con la llegada de Mons. Jesús María de Jesús Moya, gran entusiasta del Movimiento. Bajo su orientación, el MCC asumió incluso el reto de colaborar en la construcción del Centro de Formación Pablo VI, signo de la confianza que la Iglesia local depositaba en los cursillistas.

En 1984 quedó constituido oficialmente el Secretariado Diocesano, y desde entonces la Escuela de Dirigentes comenzó una nueva etapa de madurez y crecimiento.

San Juan de la Maguana: perseverar después de la prueba

La historia de San Juan de la Maguana es un hermoso testimonio de perseverancia.

El Movimiento comenzó allí el 23 de julio de 1964, compartiendo inicialmente esfuerzos con la diócesis de Barahona. Sin embargo, la falta de asesores espirituales provocó una interrupción de varios años. Lejos de significar el final, aquella pausa preparó un nuevo comienzo.

La llegada del Padre José Domenech en 1979 permitió reactivar el Movimiento. Bajo su impulso se desarrolló una nueva etapa que culminó con la creación de la Casa de Cursillos “Betsalem”, inaugurada con el primer cursillo celebrado allí en agosto de 1983.

La experiencia demuestra que la semilla del Evangelio puede permanecer aparentemente dormida durante años, pero cuando encuentra terreno fértil vuelve a florecer con fuerza renovada.

Higüey: una llama que volvió a encenderse

La diócesis de Nuestra Señora de la Altagracia vivió una historia marcada por dos etapas claramente diferenciadas.

Los primeros cursillos comenzaron en 1963 y durante varios años el Movimiento creció con intensidad. Surgieron dirigentes propios y se formaron equipos capaces de asumir la responsabilidad evangelizadora de la diócesis.

Sin embargo, diversas dificultades provocaron la suspensión temporal de las actividades en 1970. Años después, bajo el impulso de Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito, el Movimiento volvió a ponerse en marcha. El símbolo elegido para aquel renacer fue una convivencia llamada “El Tizón”, cuyo nombre expresaba perfectamente el deseo de reavivar el fuego que parecía apagado.

Con ayuda de equipos procedentes de Santo Domingo y Santiago se reorganizó la Escuela de Dirigentes. Poco a poco los propios cursillistas de la diócesis asumieron plenamente la conducción de los cursillos, alcanzando una madurez que permitió celebrar nuevas experiencias y fortalecer el poscursillo.

Un Movimiento profundamente eclesial

Una de las características más destacadas de la historia dominicana del MCC es su estrecha comunión con la Iglesia. Los distintos testimonios históricos muestran la cercanía de numerosos obispos, sacerdotes y agentes pastorales que acompañaron el crecimiento del Movimiento y reconocieron su valor evangelizador.

Esta comunión eclesial permitió que el Movimiento participara activamente en la acción pastoral de las diócesis, colaborando en la formación de laicos comprometidos y promoviendo una presencia cristiana transformadora en los distintos ambientes de la sociedad.

Una historia que continúa

La historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en República Dominicana no puede reducirse a fechas, nombres o estadísticas. Es, sobre todo, la historia de miles de personas que descubrieron que Dios las ama, que Cristo vive y que la amistad puede convertirse en camino de evangelización.

Desde aquellos primeros cursillos celebrados en 1963 hasta la expansión que alcanzó gran parte del país, el MCC dominicano ha sido testigo de innumerables conversiones, vocaciones, compromisos apostólicos y comunidades cristianas renovadas.

Hoy, al contemplar este recorrido, resuenan con fuerza las palabras que han acompañado a generaciones de cursillistas: Cristo cuenta contigo. Y la historia de los Cursillos en República Dominicana demuestra que, cuando hombres y mujeres responden generosamente a esa llamada, el Evangelio sigue llenando de colores la vida de las personas y de los pueblos.

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