“La fe no se transmite por consignas, sino por una vida tocada por Cristo.”
El Cursillo no empieza cuando hablamos de Dios, sino cuando dejamos que Dios nos transforme. Preguntate entonces: ¿mi vida hace visible a Cristo o solo habla de Él? Cursillista, el mundo no necesita más discursos religiosos, sino más testigos creíbles.
“Evangelizar no es convencer, es amar hasta que el otro descubra que Dios ya lo estaba esperando.”
El cursillista no sale a ganar batallas ideológicas, sino a crear puentes de amistad. Revisa tus actitudes: ¿acompañas procesos o impones respuestas? La misión se juega en la cercanía, no en la presión.
“El laico es misión allí donde vive; no cuando va a la Iglesia, sino cuando la Iglesia va con él.”
Aquí se condensa una intuición central del MCC: los ambientes son el lugar teológico de la misión. Esta frase zarandea nuestra vida cotidiana: trabajo, familia, compromiso social. ¿Eres cristiano solo en algunos momentos del día o discípulo en todo momento?
“Un cristiano sin comunidad corre el riesgo de quedarse solo consigo mismo.”
El Cursillo no termina en el fin de semana; comienza allí un camino compartido. Cursillista, redescubre el valor del grupo y la Ultreya como espacios de verdad, de corrección fraterna y de crecimiento. La fe se debilita cuando se vive en solitario.
“La Iglesia no se renueva cambiando estructuras, sino renovando corazones abiertos al Espíritu.”
Toda reforma auténtica nace de dentro. Cursillista ¿esperas que cambie la Iglesia o estás dispuesto a dejarte cambiar? Eres siempre parte de la solución, nunca un espectador crítico.
“Nunca te canses de cansarte.”
Libérate de una fe cómoda y sitúate en la lógica del Evangelio. Cansarse es señal de que se camina, de que se ama, de que se sirve. El peligro no está en el cansancio, sino en la renuncia. Cursillista, estás llamado a perseverar, aun cuando la misión desgaste, confiando en que Dios actúa precisamente en la entrega fiel de cada día. Nunca cansarse de cansarse es seguir apostando por el Reino sin buscar seguridades, sosteniéndose en la gracia y no en las propias fuerzas.