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“Mirad cómo se aman”

    Lo que el Espíritu ha hecho entre nosotros en el Encuentro Nacional de Responsables de Cursillos de Cristiandad en España (2026)

Hay encuentros que se recuerdan y hay encuentros que marcan. El Encuentro Nacional de Responsables de Cursillos de Cristiandad en España (2026) pertenece, sin duda, a estos últimos.

Lo primero que nace —antes de cualquier análisis, antes de cualquier palabra bien pensada— es una certeza serena y agradecida: el Espíritu ha pasado por nosotros. Ha pasado con discreción y con fuerza. Ha pasado en la oración compartida, en la escucha sincera, en la alegría sencilla de sabernos hermanos. Y por eso, lo primero solo puede ser dar gracias a Dios, porque nada de lo vivido se explica sin Él. Y dar gracias también a quienes, con trabajo callado y generoso, han preparado el Encuentro para que el Espíritu encontrara casa abierta y corazones disponibles.

El lema que nos convocaba —“Mirad cómo se aman”— dejó de ser una consigna bonita para convertirse en experiencia. No lo leímos: lo vimos. No lo explicamos: lo vivimos. Todo lo transmitido a lo largo del Encuentro —las palabras compartidas, los silencios respetados, los gestos sencillos, los tiempos de oración y las conversaciones en el Espíritu— nos fue conduciendo a un lugar profundamente evangélico: el lugar de la escucha, del discernimiento comunitario y de la comunión real. Allí no había prisas ni estrategias, sino hermanos buscándose, responsables dejándose tocar, corazones abiertos a lo que Dios quería decir hoy al Movimiento. De ahí brotó una alegría limpia, una amistad renovada, un clima de encuentro que no se fabrica: se recibe.

En ese clima, el Encuentro nos recordó algo esencial que a veces corremos el riesgo de olvidar: ser responsables no es hacer cosas, es vivir de una determinada manera. Somos dirigentes en la medida en que vivimos y cuidamos la comunidad. Nuestras reuniones, nuestras Escuelas, no son espacios funcionales; son lugares de vida cristiana, de fe compartida, de discernimiento comunitario. Lo vivido nos volvió a colocar ante nuestra verdadera responsabilidad: ser testigos antes que gestores, servidores antes que organizadores, hermanos antes que cargos. La autoridad que nace del amor vivido en comunidad es la única que fecunda.

Pero el Espíritu no nos reunió para mirarnos a nosotros mismos. Nos reunió para reenviarnos. El Encuentro fue también una llamada clara y exigente a seguir mirando la misión hoy. Somos —y queremos seguir siendo— apóstoles del primer anuncio. No porque tengamos un mensaje propio, sino porque hemos sido alcanzados por una experiencia que merece ser compartida. En un mundo cansado de discursos, el Movimiento está llamado a ofrecer vida, encuentro y esperanza. El primer anuncio no es una técnica ni una estrategia pastoral: es una vida tocada por Dios que se convierte, casi sin darse cuenta, en anuncio.

Y entonces llega la pregunta inevitable, la que no podemos esquivar: ¿y ahora qué?
Ahora toca volver. Volver a la realidad concreta, a la tarea cotidiana, a nuestras escuelas. Pero no volver igual. El compromiso es claro y personal: llevar todo lo vivido a nuestras Escuelas y a nuestra vida. Dejar que el Espíritu siga actuando en nuestras decisiones, en nuestras relaciones, en nuestra manera de servir. Si lo vivido en este Encuentro no se traduce en una forma nueva de vivir la responsabilidad, se quedará en recuerdo. Si, en cambio, se convierte en criterio y en impulso, dará fruto abundante.

No volvemos con recetas. Volvemos con una experiencia. No volvemos llenos de respuestas. Volvemos con el corazón ensanchado. Porque el Espíritu ha pasado. Y cuando el Espíritu pasa, nada queda exactamente igual.

De colores.

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