La historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Honduras es, ante todo, una historia de gracia derramada, de corazones tocados por Cristo y de una Iglesia que se dejó renovar desde dentro. No nació de la improvisación ni del entusiasmo pasajero, sino del encuentro profundo con Jesús vivo, que transforma personas y, a través de ellas, los ambientes.
Corría el año 1964 cuando el Espíritu comenzó a abrir camino de manera concreta en nuestra tierra. El entonces Arzobispo de Tegucigalpa, Mons. Héctor Enrique Santos, movido por el deseo de una Iglesia más viva y comprometida, quiso primero vivir personalmente la experiencia del Cursillo. Tras hacerlo en El Salvador, comprendió que aquel método sencillo y profundamente evangélico podía ser una respuesta para Honduras. Así, con humildad pastoral y visión misionera, impulsó los primeros pasos del MCC en el país.
El primer Cursillo de hombres en Tegucigalpa, celebrado en octubre de 1964, fue una auténtica siembra. Aquellos primeros hermanos, recién salidos del encuentro con Cristo, regresaron distintos: llenos de alegría, de fe compartida y de un ardor apostólico contagioso. Pronto siguieron los cursillos de mujeres, y el Movimiento comenzó a tomar forma como camino de conversión y compromiso, siempre en comunión con la Iglesia y bajo la guía cercana de obispos y sacerdotes.
Desde Tegucigalpa, el MCC se fue extendiendo como un fuego manso pero firme. Llegó a San Pedro Sula, La Ceiba, Comayagua, Olancho, Danlí, El Paraíso, Tela y muchas otras comunidades, adaptándose a realidades diversas, incluso culturales y lingüísticas, como ocurrió en Sangrelaya, donde el mensaje fue anunciado también en lengua garífuna. En cada lugar, el mismo milagro se repetía: hombres y mujeres encontrándose con Cristo, reconciliándose con la Iglesia y descubriendo su vocación laical en el mundo.
Los frutos no tardaron en hacerse visibles. En una época en la que muchos hombres estaban alejados de la vida eclesial, los cursillistas comenzaron a ocupar los primeros bancos, a comulgar con gozo, a rezar sin miedo y a hablar con naturalidad de su amistad con Cristo. El MCC se convirtió así en fermento evangélico, rejuveneciendo parroquias, animando otros movimientos y despertando vocaciones al servicio, tanto en la Iglesia como en la sociedad.
Pero el camino no estuvo exento de dificultades. Hubo momentos de cansancio, incomprensiones y tropiezos. Sin embargo, nunca faltó la ayuda del Señor ni la fidelidad silenciosa de tantos cursillistas que, desde su cuarto día, siguieron caminando “más allá”, sosteniéndose en la oración, el grupo y la ultreya. Esa perseverancia es, quizá, uno de los rasgos más hermosos de la historia del MCC en Honduras.
Hoy, al mirar atrás, no lo hacemos para instalarnos en la nostalgia, sino para agradecer. Agradecer a Dios por tanta vida entregada, por los sacerdotes, obispos y laicos que hicieron de su vida un cursillo permanente; y para renovar la conciencia de que esta historia sigue abierta. El Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Honduras continúa siendo una llamada viva a encontrarse con Cristo, a vivir lo fundamental cristiano y a transformar los ambientes con la alegría del Evangelio.
Porque la historia no ha terminado. Se sigue escribiendo cada día, en cada cursillista que, con sencillez y esperanza, se atreve a decir con su vida: ¡De colores!