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Cristo estaba allí

Un encuentro que transformó mi mirada, rompió mis prejuicios y creó amistades para toda la vida.

Tuve mi primer Cursillo en 1988, después de haberme resistido durante muchos años a todas las invitaciones bien intencionadas. Fui en medio de una mezcla de sensaciones. La primera velada, con el “Conócete a ti misma” fue ya muy dura. Si hubiese tenido la oportunidad de volver a casa, lo habría hecho. Me temía un enfrentamiento doloroso con los hechos básicos de mi vida. Pero a medida que se desarrollaba el Curso, sentía una atracción fortísima, ante todo por los vivos ejemplos de los líderes. A pesar de que hablaban abiertamente sobre las dificultades que debían superar a lo largo de su vida, eran unas personas alegres, radiantes, que se sentían soportadas por Cristo.

Muchos contenidos de la enseñanza de la Iglesia se me presentaron a una luz nueva, lo que me permitió comprenderlos mejor y consentir. Me di cuenta de que no hacía falta que yo misma lo planificase todo, sino que había alguien que nos guía y nos ama, tal y como somos. ¡Fue un gran alivio!

Había entre los líderes una señora ya mayor que era de mi pueblo y contra la que tenía ciertos prejuicios que, sin embargo, se convirtieron en simpatía. Me abrió el corazón, en contra de mi misma. Posteriormente, cuando yo misma ya era dirigente, me dijeron que su rollo había sido un error –- pero para mí fue la contribución más importante de todas. Sin duda alguna, estaba el Espíritu Santo actuando a mi favor.

En el Cursillo, trabé amistades que duraron para toda la vida, y Cristo estuvo entre nosotros. Haber vivido un Cursillo juntos crea unos lazos muy fuertes; son unas relaciones de un nivel distinto de lo “normal”.

En la Clausura me saltaron las lágrimas, y me acuerdo perfectamente de lo que dije: “En mi vida, he llevado muchas máscaras, y ahora sigo quitándome una tras otra. Y así fue.

Me hizo muy feliz el hecho de que mi marido – tras haberse resistido mucho tiempo, igual que yo – hiciera su Cursillo un año después y volviera en el mismo talante de plenitud.. Tal vez, eso fue uno de los motivos por qué pudimos celebrar el año pasado nuestra “Boda de Oro” (50 años de estar casados), a pesar de que habíamos soportado juntos muchos golpes del destino.

La mujer que me invitó al Cursillo siempre me ha sido un ejemplo: Al igual que ella, soy asistenta de comunión, lectora y celebro liturgias de la palabra. Siempre le estaré muy agradecida.

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