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Perú: una semilla que comenzó a crecer en Arequipa

La historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Perú comenzó a escribirse a finales de los años cincuenta, cuando aquella experiencia de fe, amistad y evangelización que había nacido pocos años antes en España empezaba a cruzar fronteras y a encontrar nuevos caminos en América. En 1958 llegaron a Perú tres sacerdotes mallorquines que conocían los Cursillos de Cristiandad. El P. Bernardo Martorell quedó vinculado inicialmente a Lima, en la parroquia de Santa Teresita, mientras que los padres Fernández y Bonnín fueron destinados al seminario de Trujillo. Eran apenas los primeros pasos de una historia que pronto tendría nombres, rostros y comunidades propias.

Arequipa, donde comenzó a crecer la semilla

Arequipa ocupa un lugar fundamental en aquellos comienzos. Las fuentes históricas sitúan allí la primera implantación del Movimiento en Perú, en 1958. El P. Bernardo Martorell y el Hno. Norberto Niubó, de La Salle, aparecen especialmente vinculados a aquel primer Cursillo. Muy pronto se incorporaron otros sacerdotes y, sobre todo, comenzaron a formarse los primeros dirigentes laicos que asumirían como propia aquella nueva forma de evangelizar.
El nacimiento de un Cursillo, sin embargo, nunca termina cuando concluyen aquellos tres días. Había que acompañar lo que había comenzado, ayudar a perseverar, crear comunidad y formar dirigentes capaces de llevar el Evangelio a sus ambientes. En esa tarea tuvieron una participación importante los sacerdotes José Royo y Julián Alonso, vinculados a la organización del Poscursillo. Al mismo tiempo, bajo la dirección del P. José María Cuadrado, comenzó a funcionar la primera Escuela de Dirigentes.
Aquello resulta especialmente significativo. Cursillos no estaba llamado simplemente a repetirse, sino a generar una comunidad evangelizadora estable. Desde sus primeros pasos en Perú encontramos así algunos de los elementos que acompañarán siempre al Movimiento: Cursillo, Poscursillo, Escuela, amistad y dirigentes dispuestos a salir al encuentro de otros.

De Arequipa a Lima

La semilla comenzó pronto a extenderse. En 1959, el P. Martorell y el P. José María Cuadrado, acompañados por dirigentes laicos procedentes de Arequipa, llevaron la experiencia a Lima. Este detalle merece ser recordado: quienes habían recibido aquella experiencia comenzaron enseguida a compartirla. El Movimiento dejaba de depender exclusivamente de quienes lo habían llevado hasta Perú y comenzaba a tener protagonistas peruanos.
Desde entonces, los Cursillos fueron encontrando camino en distintos lugares del país. Con el paso de los años aparecen testimonios de su presencia en otras diócesis y ciudades. En Piura, por ejemplo, está documentado el trabajo del jesuita Manuel Cavanna con el Movimiento desde 1967 y, posteriormente, su vinculación con los Cursillos de Chiclayo. Como había sucedido en tantos otros lugares del mundo, el crecimiento no fue únicamente geográfico: alrededor de los Cursillos fueron naciendo grupos, Ultreyas, Escuelas de Dirigentes y comunidades de personas empeñadas en vivir su fe en medio de sus ambientes.

Una historia que continúa

Han pasado más de seis décadas desde aquellos primeros pasos. El Movimiento continúa presente en Perú y Arequipa conserva de manera especial la memoria de sus orígenes. En 2018, la Iglesia de Arequipa celebró los sesenta años de presencia de los Cursillos de Cristiandad y, cinco años después, volvió a reunirse para celebrar su 65.º aniversario. No se trataba simplemente de recordar una fecha. Era reconocer una historia construida por generaciones de sacerdotes y laicos, por dirigentes cuyos nombres conocemos y por muchos otros que probablemente nunca aparecerán en una crónica.
Porque la verdadera historia del MCC en Perú tampoco puede escribirse únicamente con fechas y nombres. Está hecha de personas que un día fueron invitadas a vivir un Cursillo; de amistades que nacieron alrededor de una mesa; de reuniones de grupo, Ultreyas y Escuelas; de quienes descubrieron que su familia, su trabajo, su parroquia y sus ambientes eran lugares concretos donde vivir y anunciar el Evangelio.
Hoy aquella primera semilla sigue planteando la misma pregunta. No basta con celebrar cuánto camino se ha recorrido: hay que preguntarse hacia dónde caminar ahora. Perú ha cambiado profundamente desde 1958 y también han cambiado sus ambientes, sus ciudades, sus familias y sus jóvenes. Pero permanece intacta la necesidad de hombres y mujeres capaces de acercarse a cada persona desde la amistad y anunciarle que Dios la ama.
Aquellos primeros cursillistas de Arequipa recibieron algo y no se lo quedaron. Salieron hacia Lima y después hacia nuevos lugares. Quizá ahí esté una de las enseñanzas más hermosas de esta historia: cada generación recibe una antorcha que solamente permanece encendida cuando se atreve a entregarla a la siguiente.
La historia del MCC en Perú, por tanto, no está terminada. Aquella semilla plantada hace más de sesenta años sigue esperando nuevos terrenos, nuevos ambientes y nuevos protagonistas. Y la próxima página todavía está por escribir.

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