La historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Colombia es, ante todo, una historia donde se transparenta la acción soberana del Espíritu Santo y la respuesta valiente de hombres y mujeres que se atrevieron a confiar más en la Divina Providencia que en la seguridad de los métodos. Colombia no fue solo la primera nación de América en recibir los Cursillos; fue también el lugar donde el carisma se ensanchó de manera decisiva, abriendo caminos inéditos para toda la Iglesia.
De Mallorca a Colombia: una intuición que prende fuego
En 1953, el entonces sacerdote Rafael Sarmiento Peralta, Delegado Episcopal de la Acción Católica en Colombia, viajó a Mallorca y participó en el Cursillo n.º 71. Aquellos tres días marcaron su vida. Él mismo afirmaría que allí aprendió más sobre Acción Católica que en meses de estudio por Europa. Intuyó que había encontrado una herramienta providencial para despertar a los laicos y devolverles la conciencia viva de su misión evangelizadora.
Regresó a Colombia sin esquemas completos, sin literatura sistematizada y sin equipos laicales preparados. Volvió, sencillamente, con el fuego de lo vivido y una convicción interior inquebrantable: “Yo sé en quién he puesto mi confianza”. Y esa confianza estaba puesta —como él repetía— en la Divina Providencia
La “santa osadía”: el primer Cursillo de mujeres en el mundo
Las circunstancias —más que una planificación previa— empujaron a un hecho que marcaría la historia del Movimiento. En una excursión con jóvenes de Acción Católica femenina, el padre Sarmiento relató, casi de un tirón, lo vivido en el Cursillo de Mallorca. Aquellas palabras tocaron el corazón de las jóvenes de tal modo que todas pidieron confesarse. Sin saberlo, se había encendido la chispa.
Así, del 27 al 30 de junio de 1953, en la Hacienda Las Mercedes de Zipaquirá, se celebró el primer Cursillo de Cristiandad para mujeres no solo de Colombia, sino del mundo. Participaron 15 jóvenes líderes de la Acción Católica, entre ellas su presidenta nacional, Cecilia Danies Lacouture, junto a mujeres que más tarde serían testigos y fermento del Evangelio en múltiples ambientes.
En una época en la que los Cursillos para mujeres no estaban permitidos en España y en la que el apostolado femenino estaba severamente limitado, aquella experiencia fue vista por algunos como una temeridad. Sin embargo, fue —en palabras de quienes lo vivieron— un verdadero Pentecostés. Las participantes salieron transformadas, decididas a vivir en gracia y a ser luz en medio del mundo
Un Cursillo sostenido por la Gracia
Aquel primer Cursillo fue llevado adelante casi íntegramente por el propio padre Sarmiento: director espiritual, rector y expositor de los rollos, con la ayuda puntual del padre Enrique Acosta en algunas meditaciones. No había aún una estructura definida, pero sí una certeza profunda: cuando Dios actúa, la Gracia suple lo que falta al método.
Las tensiones no tardaron en llegar. Que las mujeres participaran activamente, que algunas llegaran a proclamar rollos, que el lenguaje se adaptara… todo ello generó resistencias. Los obispos intervinieron, pidieron correcciones, y de aquel discernimiento surgirían aportes decisivos: la redacción de esquemas más claros, la incorporación explícita de la dimensión mariana y una mayor referencia al Cristo crucificado. Lejos de apagar el carisma, estas correcciones lo fueron purificando y madurando.
Los frutos: vocaciones y expansión
Probada la experiencia con las mujeres, llegaron los Cursillos de hombres. El primero fue para universitarios. Entre ellos se encontraba un joven de 18 años llamado Alfonso López Trujillo, quien más tarde daría testimonio público de que su vocación sacerdotal nació en aquel Cursillo. Su posterior servicio como obispo, arzobispo, cardenal y presidente del Pontificio Consejo para la Familia es uno de los frutos más visibles —aunque no el único— de aquella siembra inicial.
Los resultados fueron tan evidentes que comenzaron a llegar solicitudes desde numerosas diócesis. En poco más de un año se contaban ya más de mil cursillistas. Obispos, el Cardenal Primado de Colombia y el Nuncio Apostólico no solo aprobaron los Cursillos, sino que los apoyaron con entusiasmo, reconociendo en ellos una auténtica obra providencial
Del impulso inicial a la autenticidad del Movimiento
Con el paso del tiempo, surgió una conciencia clara: los Cursillos en Colombia necesitaban armonizarse con la evolución que el Movimiento iba teniendo en España y en otros lugares. En 1961, el padre Manuel Segura, colaborador cercano de Mons. Sarmiento, contactó al Juan Capó, figura clave del MCC en Córdoba.
La llegada de aquel equipo marcó un punto de inflexión. En Medellín se vivieron Cursillos plenamente auténticos, se organizaron Ultreyas, se fortalecieron las Reuniones de Grupo y se formaron dirigentes laicos. Desde allí, la renovación se extendió a Barranquilla, Bucaramanga, Cartagena, Santa Marta, Cúcuta y Bogotá.
En diciembre de 1964, la Primera Convivencia Nacional de Cursillistas, con cerca de mil participantes, confirmó definitivamente la autenticidad del Movimiento en Colombia, sellando un proceso de fidelidad y comunión eclesial
Una herencia que sigue iluminando
Años después, Mons. Sarmiento reconocería con humildad que aquellos primeros Cursillos no habían nacido “auténticos” en sentido estricto. Pero junto al padre Capó también reconocería cómo el Señor se sirvió de aquella audacia inicial para introducir el carisma en América. No fue una obra perfecta; fue una obra fecunda.
Colombia fue laboratorio, frontera y puerta de entrada. Fue riesgo y ensayo, pero también discernimiento, purificación y fidelidad. Hoy, los Cursillos de Cristiandad en Colombia son plenamente auténticos, y lo son precisamente porque no reniegan de su origen, sino que lo agradecen.
El carisma sigue vivo. Y como en 1953, sigue necesitando hombres y mujeres que, fiados en la Providencia, se atrevan a decir con la vida entera: Cristo cuenta contigo.