[controle deslizante smartslider3="3"]

Una fe que aprende el idioma de la vida

La fe se vuelve creíble cuando entra en la cultura sin miedo, aprende a escucharla y la transforma desde dentro con la forma de Cristo. Esta semana, León XIV nos invita a unir raíces, pensamiento, responsabilidad y misión.

Grupo de pensadores dialoga bajo una arquitectura clásica en La Escuela de Atenas.
La Escuela de Atenas, Rafael (1511). Wikimedia Commons / Dominio público.

Cristo entra en toda cultura

Hay palabras de Iglesia que pueden ser verdaderas y, sin embargo, no llegar a nadie. No porque el Evangelio haya perdido fuerza, sino porque a veces lo ofrecemos sin escuchar el idioma real de las personas: sus preguntas, sus heridas, su manera de trabajar, crear, relacionarse y buscar sentido. En la audiencia general del miércoles, León XIV recordó que la relación entre fe y cultura nace de la Encarnación. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Por eso la fe no vive suspendida sobre la historia; se entreteje con las palabras, las tradiciones, el arte, la ciencia y el pensamiento de cada pueblo.

Esta afirmación toca de lleno nuestro ser cursillista. Evangelizar los ambientes no consiste en llevar desde fuera un repertorio de respuestas preparadas. Comienza por acercarnos a la persona concreta, comprender cómo piensa y siente, reconocer lo bueno, bello y verdadero que ya existe en su vida y anunciar allí a Cristo. El Papa insiste en que la fe puede habitar cualquier cultura sin identificarse por completo con ninguna. La transforma desde dentro mediante la caridad, el servicio y la filiación. La pregunta incómoda es necesaria: ¿conocemos de verdad el ambiente que queremos evangelizar o solo hablamos de él desde nuestras reuniones?

Raíces que no inmovilizan

Dos días antes, al recibir a las Hermanas de la Caridad de Santa Juana Antida Thouret, el Papa condensó una vocación entera en una frase: raíces en Cristo y misión en el mundo. Las raíces no son una excusa para permanecer quietos. Alimentan, sostienen y permiten crecer. Cuando Cristo ocupa el centro, aprendemos a reconocer su presencia y también a acercarnos unos a otros. Esa raíz evita que la misión se convierta en activismo y que la fidelidad se confunda con conservar formas sin preguntarnos si siguen ayudando a las personas a encontrarse con el Señor.

En el cuarto día necesitamos ambas cosas. Piedad para volver a la fuente; estudio para comprender la realidad; acción para servirla y transformarla. Separadas, se empobrecen. Una oración que no escucha la vida puede volverse refugio. Un estudio que no conduce al discernimiento se convierte en acumulación. Una acción sin amistad con Cristo termina cansándonos o buscando resultados que puedan exhibirse. El grupo y la Ultreya deberían ayudarnos a mantener unidas esas dimensiones, a revisar juntos cómo está entrando el Evangelio en la familia, el trabajo, la universidad, la política, el arte y la conversación digital.

Desarmar lo que hemos creado

La cultura actual también está hecha de algoritmos. El viernes, ante la Pontificia Academia para la Vida, León XIV afirmó que el futuro de la inteligencia artificial depende de decisiones humanas. La cuestión decisiva no es solo qué puede hacer, sino para qué debe servir. Las máquinas son instrumentos, no personas: no conocen desde dentro el amor, la amistad, el dolor, el trabajo ni la responsabilidad. Por eso hay decisiones sobre la vida, la libertad y la fuerza que no pueden delegarse, y el progreso debe orientarse al bien común y someterse a normas e instituciones capaces de exigir responsabilidades.

Un día antes, en el mensaje al encuentro interreligioso de Asís, el Papa había pedido reconstruir la paz y sustituir el lenguaje de la arrogancia por el de la negociación, la comprensión y el diálogo. Ambas llamadas se encuentran en nuestra vida ordinaria. También nosotros podemos convertir una herramienta, una palabra o una certeza en arma. Sucede cuando clasificamos a alguien antes de escucharlo, difundimos una acusación porque confirma lo que pensamos o tratamos una diferencia como enemistad. La misión empieza por desarmar la mirada. Un dirigente cristiano no renuncia a la verdad, pero se niega a usarla para herir o dominar.

Trabajadores reconstruyen juntos las murallas de Jerusalén.
La reconstrucción de las murallas de Jerusalén, Jan Luyken (1708). Rijksmuseum / Wikimedia Commons / CC0 1.0.

Reconstruir desde el centro

Este sábado, hablando a comunidades heridas por los terremotos del centro de Italia, León XIV evocó a Nehemías. Una ciudad no renace por la obra de una sola persona, sino por la responsabilidad compartida y por una visión capaz de descubrir, detrás de las ruinas, la casa que todavía puede levantarse. También recordó que no basta reconstruir paredes: hay que recuperar aquello que da sentido y cohesiona a la comunidad. Volver al centro significa volver a Dios, a las personas, al bien común y a las relaciones.

En nuestros secretariados y comunidades hay cansancios, pérdidas y grietas que no se reparan con un programa nuevo. Necesitamos mirar juntos lo que duele, asumir responsabilidades y preguntarnos qué centro hemos descuidado. Quizá la reconstrucción comience al llamar a quien se alejó, escuchar sin defendernos, compartir una decisión o devolver espacio a la amistad. La sinodalidad no es una reunión interminable; es aprender a cargar juntos las piedras y a discernir qué casa quiere Dios que levantemos hoy.

Entrenarse cada día en el amor

Al recibir a dos universidades, el Papa habló del deporte y de la santidad. Los rivales no son enemigos y nadie nace campeón, del mismo modo que nadie nace santo: la santidad exige un entrenamiento diario en el amor. Esa imagen devuelve todo lo anterior a un terreno muy concreto. La fe se hace cultura en hábitos: cómo conversamos, qué compartimos, a quién damos tiempo, cómo ejercemos una responsabilidad, qué uso hacemos de la tecnología y de qué manera tratamos al que piensa distinto.

Esta semana podríamos elegir un entrenamiento sencillo. Entrar en un ambiente con más preguntas que respuestas. Escuchar a una persona sin convertirla en un caso. Revisar un mensaje antes de enviarlo. Pedir perdón donde nuestra palabra haya levantado un muro. Abrir el grupo a una experiencia que no coincide con la nuestra. Cristo no nos envía a conquistar la cultura, sino a habitarla con su forma: caridad, servicio, verdad y cercanía. Cuando vivimos así, el Evangelio deja de sonar como un idioma extranjero. Se vuelve carne en nuestra vida y hace visible que otro modo de relacionarnos ya es posible.

#PalabraDelPapa #CursillosDeCristiandad #FeYCultura #Misión

Fuentes oficiales

OMCC 2024 © Todos los direitos reservados