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Ilustración del Peñón de Gibraltar junto a una iglesia cristiana abierta al mar

Gibraltar: una pequeña comunidad, una fe sin fronteras

Hay lugares cuya importancia no se mide por su extensión geográfica, sino por la capacidad de sus gentes para abrir caminos, construir comunidad y compartir aquello que ha transformado sus vidas.

Gibraltar es uno de ellos.

En este pequeño territorio situado a las puertas del Mediterráneo, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad encontró hombres y mujeres dispuestos a vivir su fe con entusiasmo y a compartir con otros la experiencia de su encuentro con Cristo.

Su historia comenzó mucho antes de que se celebrara el primer Cursillo en el Peñón. Y, como tantas veces sucede en nuestro Movimiento, nació del testimonio personal, de la amistad y del deseo de que otros pudieran descubrir lo que unos pocos ya habían vivido.

Una semilla que llegó desde Málaga y Tetuán

A principios de los años sesenta, un pequeño grupo de hombres de Gibraltar participó en Cursillos de Cristiandad celebrados en Málaga y Tetuán.

Aquella experiencia dejó una profunda huella en ellos. Regresaron convencidos de que lo que habían vivido no podía quedarse únicamente en sus propias vidas. Querían que otras personas de Gibraltar tuvieran también la oportunidad de descubrir lo fundamental cristiano a través del Cursillo.

Entre aquellos primeros cursillistas destacó Charles Vasquez, cuyo entusiasmo y perseverancia fueron decisivos para que el Movimiento pudiera arraigar en su tierra.

Sin embargo, aquel deseo tuvo que esperar varios años para hacerse realidad.

En 1976, el obispo de Gibraltar, Edward Rapallo, autorizó finalmente la celebración de Cursillos en la diócesis y nombró director espiritual al sacerdote Charles Caruana, quien años después llegaría a ser obispo de Gibraltar.

El Movimiento comenzaba así a dar sus primeros pasos organizados. Pero todavía quedaba un obstáculo importante: encontrar un lugar donde celebrar los Cursillos.

Una cripta, unos trabajadores filipinos y una historia de generosidad

Después de estudiar distintas posibilidades, los responsables del naciente Movimiento encontraron una solución tan inesperada como exigente: transformar la cripta situada bajo la iglesia de San José en una casa de retiros.

El párroco, el padre Buckley, conocía bien la experiencia de Cursillos, pues él mismo había vivido uno en Nueva York. Por eso acogió favorablemente la propuesta y concedió su autorización.

Pero la cripta necesitaba importantes obras de acondicionamiento. Había que retirar muebles antiguos, realizar modificaciones estructurales y afrontar unos gastos que el pequeño grupo difícilmente podía asumir.

Fue entonces cuando ocurrió uno de los episodios más entrañables de esta historia.

A través de una persona cercana al grupo, entraron en contacto con unos trabajadores filipinos que aceptaron encargarse de las obras. Según relata la memoria histórica del Movimiento en Gibraltar, aquellos trabajadores también habían vivido un Cursillo de Cristiandad en Filipinas.

Al conocer la finalidad del proyecto, ofrecieron gratuitamente su trabajo.

La generosidad de unos cursillistas llegados de otro extremo del mundo ayudaba así a construir el lugar donde otros podrían vivir su propio encuentro con Cristo.

Los materiales fueron llegando, las obras avanzaron y, aunque las dificultades económicas fueron considerables, la casa de retiros terminó siendo una realidad.

Aquellas instalaciones eran sencillas y limitadas, pero durante veinticinco años acogieron a casi dos mil participantes.

La historia de aquella cripta recuerda que la expansión del Movimiento no ha dependido únicamente de grandes proyectos o de abundantes recursos. Muchas veces ha sido posible gracias a la disponibilidad, la confianza y el compromiso de personas concretas.

Marzo de 1977: el primer Cursillo en Gibraltar

Finalmente, del 24 al 27 de marzo de 1977, se celebró el primer Cursillo de Cristiandad en Gibraltar, con la participación de trece candidatos.

Para hacerlo posible, los responsables locales contaron con la colaboración de dirigentes y sacerdotes procedentes de Tánger.

Entre ellos estuvieron los franciscanos padre Campos y padre Lourido, junto con cursillistas como Raffa y Rosita Castillo, Romano y Clarita Petri, Gonzalo Araluce y Paco López Arriba, entre otros.

Aquella colaboración fue mucho más que una ayuda organizativa. Expresaba una de las características que han acompañado al Movimiento desde sus comienzos: la disposición de unas comunidades a ayudar a otras para que el Cursillo pueda llegar a nuevos lugares.

Especialmente significativa fue la relación que el padre Campos mantuvo durante años con Gibraltar. Participó en numerosos Cursillos y llegó a considerar aquella comunidad como su segunda familia.

El primer año fue extraordinariamente activo.

Durante 1977 se celebraron cinco Cursillos, tres de hombres y dos de mujeres, con alrededor de cien participantes. En 1978 continuó una actividad semejante y, en 1979, se organizaron seis Cursillos, algunos de ellos con una participación muy numerosa.

Lo que había comenzado con trece personas se estaba convirtiendo en una comunidad cristiana viva, sostenida por la amistad, la oración y el compromiso de quienes habían descubierto una nueva manera de vivir su fe.

Con el paso de los años, miles de personas participaron en los Cursillos celebrados en Gibraltar. Aunque el ritmo de actividad fue cambiando, el Movimiento mantuvo su voluntad de seguir ofreciendo esta experiencia de encuentro con Cristo.

Gibraltar abre sus puertas a Europa

La historia del MCC en Gibraltar no quedó limitada a su propia diócesis.

Su situación geográfica, su relación con comunidades de distintos países y la experiencia acumulada durante décadas favorecieron una participación activa en la dimensión internacional del Movimiento.

Entre 2006 y 2010, Gibraltar asumió la presidencia del Grupo Europeo de Cursillos de Cristiandad (GECC), con Francis Napoli al frente de aquella responsabilidad.

Francis Napoli
Francis Napoli. Foto: Archivo de Francis Napoli.

Para una comunidad territorialmente pequeña, este servicio representaba una oportunidad de contribuir a la comunión, al intercambio de experiencias y a la coordinación del Movimiento en Europa.

Pero la proyección internacional de Gibraltar no se detuvo en el continente europeo.

De Gibraltar a Sudáfrica: compartir lo recibido

En junio de 2009, cursillistas de Gibraltar e Irlanda colaboraron para introducir el Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Durban, Sudáfrica.

La iniciativa reunió a personas de diferentes países que compartían un mismo deseo: ofrecer a otros la experiencia que había transformado sus propias vidas.

En el centro Living Waters se celebraron los primeros Cursillos, con la participación de treinta y tres personas. Francis Napoli desempeñó el servicio de rector en aquella experiencia fundacional.

Entre los recuerdos de aquel encuentro destaca una escena especialmente significativa: la despedida en el aeropuerto, donde los nuevos cursillistas sudafricanos cantaron De Colores en español.

Era una imagen sencilla, pero expresiva. Personas de culturas, lenguas y procedencias diferentes compartían una misma experiencia de fe y amistad.

Gibraltar, que décadas atrás había recibido la ayuda de cursillistas de otros lugares para poner en marcha sus primeros Cursillos, participaba ahora en el nacimiento del Movimiento en otro país.

La semilla recibida seguía dando fruto.

Una mirada que siguió llegando a África

Aquella experiencia no fue un episodio aislado.

En 2014, Francis Napoli también participó en iniciativas destinadas a introducir el Movimiento en Uganda, particularmente en las zonas de Tororo y Jinja.

La trayectoria internacional de Gibraltar mostraba así una continuidad entre sus propios orígenes y su posterior compromiso evangelizador.

Primero fueron los cursillistas de Málaga y Tetuán quienes compartieron su experiencia con unos hombres de Gibraltar. Después llegaron los dirigentes de Tánger para ayudar a celebrar los primeros Cursillos. Años más tarde, fueron los propios cursillistas gibraltareños quienes colaboraron para que el Movimiento pudiera comenzar en otras tierras.

Una historia de encuentros que fueron abriendo nuevos caminos.

Una historia que invita a seguir caminando

Como sucede en muchas comunidades del Movimiento, el paso del tiempo ha traído nuevos desafíos. La participación ha cambiado, las circunstancias sociales y eclesiales son diferentes y la evangelización exige renovar continuamente el entusiasmo y la capacidad de llegar a las personas.

Pero la historia de Gibraltar conserva una enseñanza que sigue siendo actual.

Un pequeño grupo de hombres regresó de un Cursillo con el deseo de compartir lo que había descubierto. Esperaron durante años, superaron dificultades, encontraron la ayuda de otros cursillistas y consiguieron que aquella experiencia echara raíces en su comunidad.

Después, esa misma comunidad fue capaz de mirar más allá de sus propias fronteras.

Porque la historia de los Cursillos de Cristiandad no se construye únicamente con fechas, cifras o acontecimientos. Se construye, sobre todo, con personas que descubren a Cristo y comprenden que esa experiencia no puede quedarse encerrada en ellas mismas.

La grandeza de una comunidad cristiana no se mide por el territorio que ocupa, sino por su capacidad para vivir y compartir el Evangelio.

Y desde aquel pequeño rincón del Mediterráneo, Gibraltar nos recuerda que una comunidad que ha recibido mucho también puede tener mucho que ofrecer al mundo.

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