A lo largo de la historia del cristianismo, la fe nunca ha sido entendida como un refugio íntimo reservado a la conciencia individual. Desde sus orígenes apostólicos, la experiencia cristiana se ha vivido como un encuentro personal con Cristo que, por su propia naturaleza, tiende a hacerse visible, compartido y comunitario. Creer ha significado siempre pertenecer, caminar con otros y asumir una responsabilidad común en la misión.
San Pablo lo expresó con una imagen que sigue siendo decisiva: la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Es esta misma Iglesia la que predica con convicción esta verdad que atraviesa diametralmente toda la tradición cristiana: la conversión personal, siendo indispensable, no se agota en sí misma. Necesita una configuración comunitaria que la sostenga, la haga crecer y la proyecte históricamente. La fe, para ser plenamente cristiana, reclama comunión y misión.
A lo largo de los siglos, esta conciencia dio lugar a múltiples formas históricas de cristiandad. Todas ellas fueron intentos —siempre condicionados por su tiempo— de integrar fe, cultura y vida social. Ninguna fue perfecta ni definitiva, pero todas respondieron a una misma intuición evangélica: el cristianismo no puede vivirse al margen de la historia ni de los ambientes concretos donde se desarrolla la vida humana.
Un desafío nuevo en un contexto fragmentado
En la época que vivimos, marcada por la fragmentación cultural y la progresiva privatización de lo religioso, esta cuestión adquiere prioridad desde un discernimiento profundo. La fe corre hoy el riesgo de convertirse en una experiencia aislada, desprovista de procesos comunitarios, formativos y misioneros que le den consistencia y proyección.
No es casual que el Magisterio reciente haya insistido con fuerza en este punto. Pablo VI, en Evangelii Nuntiandi, advirtió que la evangelización no puede reducirse a un anuncio verbal ni a una adhesión superficial, sino que debe generar personas y comunidades capaces de transformar desde dentro los criterios, los valores y los modos de vida. Evangelizar —decía— es alcanzar y transformar los ambientes.
Juan Pablo II profundizó esta intuición al afirmar que los laicos, por su vocación específica, están llamados a ser protagonistas de la misión de la Iglesia en el mundo, no como delegados del clero, sino como testigos que viven su fe en las realidades temporales (Christifideles Laici). La fe, cuando es auténtica, no se repliega: se encarna.
Procesos, no eventos: una fe que se sostiene y se transmite
Desde esta perspectiva se estan intentando sitúar las diversas realidades eclesiales que, con estilos, acentos y carismas distintos, están buscado vertebrar la experiencia cristiana en la vida ordinaria, integrando de alguna manera el primer anuncio, con la formación y nunca dejando a un lado el acompañamiento. No se trata de reconstruir modelos históricos de cristiandad ni de generar estructuras paralelas, sino de articular procesos que ayuden a los cristianos a vivir su fe de manera coherente, madura y misionera en los ambientes concretos donde transcurre su existencia. Lo que toda la vida hemos llamado “ser fermento en nuestros ambientes”.
El papa Francisco había retomado esta perspectiva con fuerza e impulso misionero. En Evangelii Gaudium insistía en que la Iglesia está llamada a ser una Iglesia en salida, capaz de iniciar procesos más que de ocupar espacios, y de confiar en la acción del Espíritu que actúa en la historia a través de personas concretas. Aterrizando el mensaje sobre que en ninguno de los casos la nueva evangelización es una estrategia, sino una conversión pastoral que pone en el centro a la persona, la comunidad y la misión.
Laicos en el corazón del mundo, Iglesia en comunión
En este contexto, el papel de los laicos en el mundo de hoy, aparece con especial claridad. No como ejecutores de tareas intraeclesiales, sino como sujetos eclesiales llamados a vivir y testimoniar el Evangelio en la familia, el trabajo, la cultura, la vida social y política. Allí donde se juega el día a día de la sociedad, en las decisiones cotidianas, allí donde se configuran los ambientes, la fe cristiana está llamada a hacerse vida.
Todo ello, sin perder nunca de vista algo que, no por sabido, es menos esencial: la eclesialidad. Ninguna iniciativa evangelizadora es auténtica si se separa de la comunión con la Iglesia, de la escucha del Magisterio y del discernimiento pastoral. La fecundidad misionera no nace del individualismo ni de proyectos autorreferenciales, sino de la fidelidad al Evangelio vivido en comunión. El papel fundamental del laico debe de nacer desde el convencimiento total de la corresponsabilidad de la misión y, por ende, de la salvación del mundo.
En definitiva, la historia y el presente de la Iglesia convergen en una misma convicción: la fe que no se hace cuerpo comunitario se debilita; la fe que se encarna en la vida ordinaria se vuelve fecunda. Son tiempos de cambios y de desafío, son tiempos de Movimientos. La estaticidad no puede ser una característica visible o invisible de la Iglesia. Hoy se escucha en cada rincón del cristianismo en el mundo una llamada abierta y esperanzadora para todos los laicos que deseen vivir su vocación cristiana con autenticidad y compromiso en el corazón del mundo.