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Un poco más cerca

Estos días leía con mi hijo pequeño El principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Mientras él se iba adentrando en el reino de Morfeo, yo me quedé en silencio, detenido en el encuentro del principito con el zorro. Estoy preparando un cursillo y quizá por eso aquellas palabras me tocaron tan de cerca. Había empezado leyéndoselas a mi hijo y acabé sintiendo que me hablaban a mí, a lo que estoy viviendo y a la amistad que pronto ofreceremos a otras personas. Aquella sencilla lección sobre cómo crear lazos me hizo pensar en nuestra manera de acompañarlas después, en el poscursillo.

El principito quiere jugar, pero el zorro le explica que antes necesitan crear lazos. Para eso hará falta paciencia: sentarse al principio un poco lejos, dejar espacio al silencio y acercarse un poco más cada día. Después le pide que vuelva a la misma hora. Si sabe que llegará a las cuatro, desde las tres comenzará a estar feliz. Si aparece en cualquier momento, no sabrá cuándo preparar su corazón.

Qué manera tan hermosa de explicar la amistad: llegar a tener a alguien a quien esperar.

Pensé en los abrazos de nuestras clausuras, en la alegría compartida y en la sinceridad con la que decimos a una persona que puede contar con nosotros. Y pensé en el día siguiente. Cuando vuelve a casa, a su trabajo, a sus dificultades. Lleva dentro lo vivido, pero necesita descubrir cómo hacerlo vida.

Creo que ahí nuestra amistad empieza a adquirir su verdadera hondura. Aquel abrazo necesita continuidad. La persona a la que hemos anunciado que Dios la ama ha de encontrar entre nosotros un lugar donde seguir compartiendo su camino.

El zorro nos ofrece una primera pista: sentarse. Dedicar tiempo a estar allí. Parece poco, hasta que intentamos encontrar ese rato en nuestra agenda. Queremos relaciones profundas, pero nos cuesta darles constancia. Deseamos confianza, aunque nuestra presencia sea incierta. Ofrecemos nuestra amistad con entusiasmo y después dejamos su cuidado para cuando terminemos todo lo demás.

Me incluyo. A veces, al pensar en alguien, descubrimos cuánto tiempo hace que no sabemos de su vida.

El zorro pide también que al principio haya cierta distancia. Haber compartido un cursillo no nos permite dar por hecha una confianza que necesita crecer. Cada persona tiene su historia y su ritmo. Quizá, antes de hablarnos de su oración, necesite contarnos por qué está agotada o qué le preocupa al llegar a casa. Escucharla nos acerca a la vida concreta en la que está llamada a encontrarse con Cristo.

Acompañar requiere esa delicadeza: acercarnos hasta donde el otro pueda acogernos y seguir disponibles. Hay confidencias que solo llegan después de muchos encuentros sencillos, cuando alguien ha podido comprobar que nos importa de verdad.

También necesitamos aprender el silencio. Podemos sentirnos torpes ante un dolor que no sabemos aliviar. Pero podemos quedarnos. Escuchar sin apresurarnos a aconsejar. Permitir que el otro termine de decir lo que lleva dentro. Qué descanso encontrar a un amigo ante quien no tenemos que aparentar que todo va bien.

Y después, volver.

Porque los lazos se van haciendo con tiempo compartido. La intensidad de un encuentro puede abrirnos el corazón; la constancia nos ayuda a confiarlo. Una llamada, un café, una conversación que retomamos. Recordar lo que nos contó y preguntar por ello. Gestos pequeños que van diciendo: tu vida tiene sitio en la mía.

Por eso me conmueve la alegría del zorro antes de que llegue el principito. El encuentro ya lo acompaña mientras espera.

Me gustaría que nuestras reuniones de grupo tuvieran algo de esa alegría. Que, en medio de una semana difícil, alguien pudiera pensar: pronto estaré con mis amigos; podré compartir esto que me pasa y ponerlo con ellos ante el Señor. Ahí la piedad, el estudio y la acción se hacen vida compartida, entre personas que se ayudan a reconocer a Cristo y a seguirlo en sus ambientes.

También la Ultreya puede ser ese lugar donde alguien se alegra de vernos y el testimonio de otros nos devuelve ánimo para continuar.

Los ritos son necesarios porque dan al encuentro un lugar y un ritmo. Pero necesitan nuestro cariño. Podemos reunirnos cada semana y apenas escucharnos. La amistad crece cuando prestamos atención, cuando recordamos una preocupación y cuando una ausencia nos mueve a interesarnos por la persona.

Si alguien deja de venir, quizá necesite saber que seguimos queriéndolo. Que puede regresar con sus dudas, con su cansancio, incluso con aquello que nos cuesta comprender. Nuestra amistad necesita esa gratuidad para que el otro se sienta libre y acogido.

Pienso en Jesús acercándose a los discípulos de Emaús. Camina con ellos, escucha su desaliento y les ayuda a descubrir una esperanza que creían perdida. Quisiera que aprendiéramos de Él esa manera de acompañar: entrar con respeto en la historia del otro y compartir el camino, confiando en lo que Dios va haciendo en su corazón.

Todos los días, a la misma hora, un poco más cerca: así podríamos recordar la enseñanza del zorro. Cada amistad encontrará su ritmo. Lo importante es darle tiempo, espacio y continuidad.

Quizá, mientras leemos estas líneas, nos venga un nombre al corazón. Alguien a quien abrazamos al terminar un cursillo y a quien dijimos que podía contar con nosotros.

Podemos llamarlo. Buscar un rato. Sentarnos a su lado y escuchar cómo le va.

Y después, volver.

Hasta que ambos tengamos la alegría de preparar el corazón para encontrarnos.

De Colores.

Raúl González Hurtado
Diócesis de Córdoba (España)

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