La historia de cómo una experiencia vivida en Ciudad Real encendió un fuego evangelizador que recorrió diócesis, comunidades y ambientes en todo México.
La historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en México es una de esas historias en las que se percibe claramente cómo Dios abre caminos cuando encuentra corazones disponibles. Lo que comenzó como la inquietud de un sacerdote que había vivido una experiencia transformadora en España, pronto se convirtió en un fuego evangelizador que recorrería todo el país.
Todo empezó en 1957, cuando el padre Pedro Hernández Durán, párroco de la Iglesia de Fátima en Ciudad de México, viajó a España. Allí fue invitado por el padre Vicente Lores, Director General de la Hermandad de Operarios, a participar en el Cursillo Nº 37 de Ciudad Real, celebrado del 3 al 7 de agosto.
Aquella experiencia marcó profundamente su vida. El padre Hernández regresó a México convencido de que el Señor quería regalar también a su país esta forma sencilla y profunda de anunciar lo fundamental cristiano. Trajo consigo todo el material que pudo reunir: esquemas de los rollos, guías del rector, orientaciones espirituales… todo aquello que pudiera ayudar a comenzar con fidelidad al espíritu que había conocido.
Pero sabía que el primer paso debía ser eclesial. Como tantas veces se ha recordado en la historia del Movimiento, los Cursillos nacen y crecen en la Iglesia y para la Iglesia.
Por eso solicitó audiencia con el Arzobispo Primado de México, Mons. Miguel Darío Miranda. Tras escuchar el proyecto, el arzobispo no solo lo autorizó, sino que lo bendijo personalmente y ofreció su apoyo. Con esa confirmación pastoral comenzaba a gestarse el Movimiento en tierras mexicanas.
Un comienzo preparado con paciencia
El padre Hernández comprendía que no bastaba con el entusiasmo: hacía falta preparación. Durante casi un año trabajó cuidadosamente para formar el primer equipo.
Como aún no había dirigentes laicos con experiencia en Cursillos, pidió ayuda a los Hermanos Maristas, quienes colaborarían en la organización del primer cursillo de hombres. Para el primer cursillo de mujeres contó con el apoyo de religiosas de los colegios Florida, Regina y Pasteur.
Finalmente, del 12 al 15 de noviembre de 1958, en el Instituto Querétaro de los Hermanos Maristas, se celebró el Primer Cursillo de Cristiandad de hombres en México.
El equipo reflejaba la riqueza de la Iglesia trabajando unida:
- Director espiritual: Padre Pedro Hernández Durán
- Rector: Hermano Basilio Rueda, quien años más tarde llegaría a ser Superior General de los Hermanos Maristas
- Dirigentes: Arturo Chávez, Alberto Godínez, Heraclio Jiménez y Federico Pardo
Como ocurre en todos los comienzos, hubo dificultades y detalles que mejorar. Pero el fruto espiritual fue tan evidente que inmediatamente comenzó a prepararse el Primer Cursillo de Mujeres, celebrado en febrero de 1959, con el padre Vicente Lores como director espiritual.
Poco después comenzaron a ponerse en marcha los elementos que sostienen la vida del Movimiento:
en abril de 1959 se iniciaron las Ultreyas semanales en la parroquia de Fátima, y el 7 de abril de ese mismo año comenzó a funcionar la Escuela de Dirigentes.
El método del Cursillo empezaba a desplegar toda su fuerza: encuentro personal con Cristo, amistad vivida en comunidad y compromiso evangelizador en los ambientes.
Un crecimiento sorprendente
Lo que sucedió después es una de las páginas más sorprendentes de la historia del Movimiento en América.
Los Cursillos comenzaron a extenderse con una rapidez extraordinaria por todo el país. Y, curiosamente, en muchos lugares surgieron sin que unas diócesis supieran que en otras ya se estaban dando.
Fue como si el Espíritu Santo estuviera sembrando al mismo tiempo en distintos rincones de México.
Ese mismo 1958, por ejemplo, nacieron los Cursillos en la diócesis de Saltillo, impulsados por un equipo formado por dirigentes de Mission (Texas) y cursillistas de la propia diócesis.
También ese año comenzaron en León, gracias al entusiasmo del padre Timoteo Ríos, quien había vivido un Cursillo en Segovia, España. Junto con un grupo de laicos comprometidos —entre ellos Salvador González Aldana— comenzaron a organizar cursillos que pronto darían abundantes frutos.
En 1959 el Movimiento llegó a Morelia, Querétaro, San Luis de Potosí y Tampico, muchas veces gracias a la colaboración entre diócesis, que compartían equipos y experiencias.
En 1960 nacieron los Cursillos en Puebla, impulsados por el padre Ángel Rey, quien también había conocido el Movimiento en España. Sin saber que ya existía en otras diócesis, formó un pequeño grupo de profesoras a las que preparó cuidadosamente en los objetivos y rollos del Cursillo. Con ellas se celebró el Primer Cursillo de Mujeres del 6 al 9 de enero de 1960, seguido poco después por el de hombres.
Ese mismo año comenzaron también en Xalapa, San Andrés y Torreón.
Y en 1961 llegó el gran momento de expansión: el Movimiento se multiplicó por todo el país.
Un país marcado por el carisma del Cursillo
México llegó a ser uno de los países donde el Movimiento de Cursillos de Cristiandad creció con mayor rapidez en todo el continente americano. Fue también el primer país del mundo en constituir un Secretariado Nacional, un paso importante para coordinar y cuidar el carisma en todo el territorio.
En este desarrollo tuvo un papel decisivo el apoyo recibido desde España. Viajaron en distintas ocasiones para acompañar y orientar el crecimiento del Movimiento figuras tan significativas como el padre Juan Capó, el padre Fernando Juárez, el padre Jaime David, Juan Caro y Eduardo Bonnín, entre otros.
Pero, como siempre sucede en el Cursillo, la verdadera fuerza no estaba solo en las estructuras o en los viajes, sino en algo mucho más sencillo y profundo: la amistad evangelizadora.
Personas que habían descubierto que Cristo estaba vivo en su vida comenzaban a compartirlo con otros. Y así, poco a poco, en parroquias, comunidades y ambientes, el anuncio del Evangelio encontraba nuevos caminos.
Un camino que sigue abierto
La historia de los Cursillos en México es, en el fondo, la historia de miles de hombres y mujeres que vivieron tres días que cambiaron su manera de mirar la vida.
Descubrieron que Dios les amaba personalmente.
Descubrieron que la fe se vive mejor en comunidad.
Y descubrieron que cada ambiente —la familia, el trabajo, la sociedad— puede convertirse en lugar de evangelización.
Así, lo que comenzó con un sacerdote que regresaba entusiasmado de un Cursillo en España, terminó convirtiéndose en un movimiento que recorrería todo un país.
Porque cuando el Evangelio se anuncia de persona a persona, de amigo a amigo, el Reino de Dios encuentra siempre nuevos caminos.
Y en México, como en tantos lugares del mundo, el Cursillo sigue recordando algo muy sencillo y profundamente cristiano:
Cristo cuenta contigo.
Y contigo… también quiere llenar el mundo de colores.
De Colores.