Hablar hoy de la Iglesia en Paraguay es hablar de un pueblo profundamente creyente, donde la fe no es solo una tradición, sino una forma de vivir. En una tierra donde más del 88% de la población se reconoce católica , la Iglesia sigue teniendo un rostro cercano, popular y encarnado en la vida cotidiana. No es una fe de despacho, sino de familia, de comunidad, de devoción sencilla —como la que se respira en torno a la Virgen de Caacupé— y, al mismo tiempo, una fe llamada a renovarse constantemente ante los desafíos del mundo actual.
En ese contexto, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad encontró en Paraguay un terreno fértil, un corazón dispuesto. Porque cuando el Evangelio se encuentra con un pueblo abierto, ocurre lo que ya anunciaba San Pablo: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”. Y Paraguay, de algún modo, estaba esperando ese anuncio.
Fue así como, del 27 al 30 de octubre de 1966, en La Piedad, se celebró el primer Cursillo de Cristiandad en Paraguay. El Cursillo Nº1 de hombres. Aquellos días no fueron simplemente un evento, sino el inicio de una historia de conversión, amistad y comunidad. La semana siguiente, el segundo cursillo reafirmó que aquello no era pasajero: el Espíritu Santo estaba actuando con fuerza.
Detrás de ese comienzo hay nombres propios, pero sobre todo hay vocaciones entregadas. El Padre Clemente Mc Millan, redentorista, aparece como figura clave, como instrumento dócil en manos de Dios. Su entrega, su inquietud apostólica y su fidelidad hicieron posible que el MCC echara raíces. No es casualidad que hoy la casa de Cursillos en Puente Remanso lleve su nombre: memoria viva de quien supo dejarse usar por la Gracia.
Pero el MCC, cuando es auténtico, no se queda en unos pocos. Pronto aquellos primeros hombres sintieron la necesidad de compartir lo vivido con sus esposas. Porque el encuentro con Cristo no se puede encerrar; se expande, se contagia, se comunica. Y así, en enero de 1967, llegaron los primeros Cursillos de mujeres, con la ayuda generosa de hermanos venezolanos. La historia se repetía: equipos entregados, selección cuidada, resultados abundantes.
Poco a poco, Paraguay dejó de ser tierra de misión para convertirse en tierra misionera. A partir del quinto cursillo de hombres y el cuarto de mujeres, los propios dirigentes paraguayos asumieron la responsabilidad. El carisma había prendido. Ya no era algo importado: era vida propia, encarnada en su gente, en su cultura, en su Iglesia.
Como en los primeros tiempos de la Iglesia, cuando las comunidades iban tomando forma y estructura —como nos narran los Hechos de los Apóstoles— también en Paraguay surgieron los Secretariados. Primero el Arquidiocesano, con Carlos Berino al frente, y más tarde, en 1969, el Secretariado Nacional. No como una burocracia, sino como un servicio: coordinar, animar, sostener. Porque donde hay vida, hace falta orden; y donde hay carisma, hace falta fidelidad.
Para entonces, ya se habían celebrado 35 Cursillos en el país. Treinta y cinco encuentros personales con Cristo. Treinta y cinco pequeñas comunidades naciendo. Treinta y cinco historias de vida transformada. Era evidente: el MCC no era una experiencia más, era un camino.
Y ese camino no se ha detenido. En los últimos años —2023, 2024, 2025— más de 2.400 hombres y mujeres han vivido su Cursillo en las 12 diócesis donde el Movimiento está presente. No hablamos de números, sino de personas. De historias concretas. De miradas que cambian. De ambientes que comienzan a transformarse desde dentro.
Porque esa es la intuición profunda del MCC, tan en sintonía con San Pablo: evangelizar los ambientes. No desde fuera, sino desde dentro. No imponiendo, sino proponiendo. No con discursos, sino con vida.
Y así, paso a paso, Ultreya a Ultreya, el Movimiento ha ido tejiendo una red invisible de amistad cristiana en todo el Paraguay. Una red que sostiene, que anima, que envía. Una red donde cada cursillista descubre que no camina solo.
El próximo 25 de octubre de 2026, cuando más de 5.000 cursillistas se reúnan en la XXXI Ultreya Nacional en Asunción para celebrar los 60 años del MCC en Paraguay, no estarán celebrando un aniversario más. Estarán celebrando la fidelidad de Dios. Porque si algo enseña esta historia es que, cuando el Señor empieza una obra, la sostiene.
Sesenta años después, el MCC en Paraguay sigue siendo lo que siempre fue: un anuncio alegre de lo fundamental cristiano. Un recordatorio vivo de que Cristo sigue saliendo al encuentro del hombre. Y de que, como decía San Pablo, “todo lo puedo en Aquel que me fortalece”.
Hoy, como ayer, Paraguay sigue escuchando ese anuncio. Y lo sigue haciendo suyo.
¡De Colores!