La historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Ecuador es una historia de siembra generosa, de amistad vivida en clave de evangelio y de corazones que, al encontrarse con Cristo, comenzaron a transformar sus ambientes.
Todo empezó en 1961, en Guayaquil, cuando dos sacerdotes españoles —Juan Fernández y Manuel Sánchez— llevaron al Ecuador la experiencia que ya estaba dando frutos en otros países. Lo hicieron con la acogida y aprobación del obispo Mons. César Antonio Mosquera y de su vicario general Mons. Rogelio Beauguer, quienes comprendieron rápidamente el valor evangelizador del método de los Cursillos.
El terreno elegido para comenzar fue la juventud. Allí donde el corazón está abierto al futuro, el anuncio del Evangelio encuentra tierra fértil. Los primeros pasos se dieron con jóvenes, especialmente con alumnas de los últimos cursos del Colegio La Providencia y posteriormente con estudiantes del Colegio San José de los Hermanos Cristianos.
Aquellos jóvenes no solo recibieron el anuncio; pronto se convirtieron también en protagonistas. Formaron un equipo dinámico que tenía como lugar de encuentro el Colegio Santo Domingo de Guzmán, desde donde se preparó el primer Cursillo de Cristiandad celebrado en el país.
Ese primer Cursillo, realizado en julio de 1961 en el balneario de Ballenita, marcó el inicio de una historia que no dejaría de crecer. Fue rectorado por José Icaza Coronel, acompañado espiritualmente por el P. Manuel Sánchez y Mons. Rogelio Beauguer. Entre los rollistas estuvieron Ramiro Larrea y Gonzalo Albán, junto a otros dirigentes que, con entusiasmo, comenzaron a compartir lo fundamental cristiano.
Como en muchos lugares donde el Movimiento comenzó, los primeros cursillos reunieron personas con influencia en la vida social, política y económica. Pero lo verdaderamente importante no era el estatus social de los participantes, sino la experiencia que vivían: descubrir que Cristo los amaba personalmente y que su vida podía convertirse en un testimonio vivo del Evangelio.
Y así comenzó a suceder.
Muchos cursillistas, iluminados por esa experiencia de gracia, comenzaron a actuar como fermento en sus ambientes: en la vida pública, en el mundo profesional, en la sociedad y en la familia. Como siempre ha buscado el carisma del Movimiento, el Evangelio empezó a llegar a los lugares donde se toman decisiones y donde se construye la vida cotidiana de la sociedad.
El Cursillo se pone en camino
Desde Guayaquil, el Movimiento empezó a expandirse por el país.
Llegó a Quito en 1965, impulsado por Gerino Cassal Pereira, un dirigente profundamente comprometido con el Movimiento y enviado desde Roma para colaborar en la formación de las Escuelas de Dirigentes en Ecuador. Con el apoyo de Guillermo Franco, Rodolfo Rodríguez y Eduardo Peña Triviño, se celebró el primer Cursillo de hombres del 28 de febrero al 2 de marzo de 1965, y pocos meses después el de mujeres.
En aquellos años, el Movimiento se apoyaba en un manual formativo muy significativo: “Vertebración de Ideas”, que ayudaba a comprender la estructura y el espíritu del Cursillo, y que sería antecedente del actual texto de referencia del Movimiento: Ideas Fundamentales de los Cursillos de Cristiandad.
La semilla siguió creciendo.
En Cuenca, los Cursillos comenzaron en 1973, tras un tiempo de preparación y formación.
En Manabí, llegaron en 1976, con el primer cursillo celebrado en Rocafuerte.
Ese mismo año comenzaron también en Tulcán, con el decidido apoyo del obispo Mons. Luis Clemente de la Vega, y con la colaboración de dirigentes de Quito.
Desde allí el Movimiento se fue extendiendo poco a poco:
Ibarra, Machala, Cañar, Tungurahua, Latacunga, Loja, y otras ciudades fueron recibiendo la experiencia del Cursillo gracias a la entrega de sacerdotes y laicos que comprendieron que la evangelización se hace caminando, compartiendo la fe y construyendo amistad.
Cada nuevo Cursillo era una pequeña comunidad que nacía. Cada nueva Escuela de Dirigentes se convertía en un espacio donde se cuidaba el carisma, se profundizaba la mentalidad del Movimiento y se preparaban nuevos evangelizadores para los ambientes.
Una gracia que sigue dando fruto
A lo largo de los años, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad ha dejado una huella profunda en Ecuador. No solo en las personas que han vivido el Cursillo, sino también en sus familias, en sus comunidades y en la sociedad.
Como tantas veces se ha dicho en el Movimiento, el Cursillo no termina el domingo por la tarde. Continúa en la vida, en la amistad, en la comunidad y en la misión.
Por eso, la historia de los Cursillos en Ecuador no es solo una cronología de fechas y lugares. Es, sobre todo, la historia de miles de personas que descubrieron lo fundamental cristiano y decidieron vivirlo con alegría.
San Juan Pablo II expresó una vez que los Cursillos de Cristiandad son “un instrumento suscitado por Dios para el anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo”.
En Ecuador, esa afirmación se ha hecho vida.
Porque cuando un corazón se encuentra con Cristo y descubre que no está solo, algo cambia.
Y cuando muchos corazones viven esa experiencia juntos, el mundo comienza a llenarse de colores.
De Colores.