Hay una frase atribuida al pensamiento fundacional de Cursillos que siempre me ha resultado tan sugerente como incómoda: «El Movimiento de Cursillos no nació para hacer mejores a los cristianos, ni para hacer a los mejores cristianos, sino para hacer cristianos a los cristianos». Es una de esas frases que, precisamente por estar tan bien construidas, corren el riesgo de que las aceptemos antes de preguntarnos qué significan realmente. Entiendo perfectamente lo que pretende decir y comparto buena parte de su fondo, pero no termino de aceptar sin más que Cursillos no pretenda hacer mejores a los cristianos. Porque si «hacer cristianos a los cristianos» significa que una persona pase de una fe recibida, cultural o simplemente aceptada, a una fe que determina verdaderamente su existencia, ¿no estamos hablando también, necesariamente, de hacerse mejor cristiano? Quizás el problema no esté en la frase, sino en qué entendemos por «mejor» y, sobre todo, en distinguir entre la finalidad de Cursillos y las consecuencias que deberían nacer de ella.
Un cristiano cultural no es necesariamente un cristiano falso. Puede estar bautizado, creer sinceramente en Dios, haber recibido los sacramentos, participar en la Iglesia y reconocer como propios muchos de los valores del Evangelio. Incluso puede conocer suficientemente la doctrina cristiana. La cuestión es otra: ¿qué lugar ocupa realmente Dios en su existencia? Se puede saber que Dios ama al hombre sin haber descubierto existencialmente que Dios me ama a mí. Se puede creer que Cristo murió por nuestra salvación y que esta verdad apenas intervenga en mis decisiones de mañana por la mañana. Se puede creer en Dios y continuar siendo yo el centro último desde el que interpreto mi vida, decido qué quiero hacer con ella y establezco lo que considero bueno para mí. La diferencia entre un cristianismo cultural y un cristianismo existencial no está, por tanto, solamente en lo que se sabe o incluso en lo que se cree, sino en lo que sucede cuando aquello que creo comienza a interpelar mi propia existencia.
Ahí sitúo el verdadero encuentro con Cristo. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16) puede ser una frase conocida desde la infancia y, sin embargo, adquirir un significado completamente distinto cuando descubro que dentro de ese «mundo» estoy yo; que ese amor no es una idea abstracta sobre Dios, sino un amor que me alcanza personalmente. El cristianismo deja entonces de ser solamente la aceptación de determinadas verdades para convertirse también en una relación que reclama una respuesta. Saber que existe un Dios que me ama personalmente, que me espera, que quiere mi bien y que en Jesucristo ha llevado ese amor hasta la entrega de sí mismo cambia la pregunta fundamental. Ya no se trata únicamente de si creo que Dios existe, sino de qué hago con mi vida después de haberme descubierto amado por Él. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). Cristo no impone el seguimiento; lo propone a la libertad del hombre.
Por eso poner la vida en manos de Dios no significa renunciar a la libertad, sino ejercerla de una manera radical. El encuentro con Cristo no me convierte automáticamente en una persona buena, coherente o santa. Sigo pudiendo decir que no. Incluso después de haber dicho que sí, puedo volver a elegir lo contrario. Pedro reconoce a Jesús como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16) y, sin embargo, acabará negándolo tres veces. La experiencia de Cristo no elimina la debilidad humana. El cristiano existencial, por tanto, no puede definirse como aquel que ha alcanzado una perfecta coherencia entre su fe y su vida, porque convertiríamos el cristianismo en un estado de perfección reservado a muy pocos. Lo definiría más bien como aquel que ha decidido orientar su existencia hacia Cristo y que, precisamente porque sigue siendo libre, necesita renovar esa elección continuamente. Puede caer, contradecirse e incluso elegir conscientemente mal. La cuestión decisiva será qué hace ante esa incoherencia: reconocerla y volver a orientarse hacia Cristo o acomodar su fe para justificar su manera de vivir.
Esto también obliga a precisar qué entendemos por testimonio. Ser testigo de Cristo no consiste principalmente en hablar mucho de Él, y mucho menos en presentar ante los demás una imagen de perfección que no existe. De hecho, ahí sí podríamos terminar falseando nuestra propia fe. El testimonio cristiano comienza cuando existe una voluntad real de que aquello que creo vaya configurando aquello que vivo. «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). La coherencia nunca será absoluta, pero tiene que existir una tensión sincera hacia ella. Si afirmo que Cristo está en el centro de mi vida, esa afirmación tendrá que dejar alguna huella en mi manera de amar, de trabajar, de utilizar mi tiempo, de tratar a quien me incomoda, de afrontar el sufrimiento, de pedir perdón o de relacionarme con mis bienes. No se trata de añadir actividades religiosas a la vida ordinaria, sino de permitir que el Evangelio atraviese la vida ordinaria.
Desde ahí entiendo también la misión evangelizadora de una manera diferente. La misión no comienza cuando abandono mi vida cotidiana para hacer algo específicamente «cristiano». Mi familia, mi trabajo, mis amigos y los ambientes en los que vivo son precisamente el lugar donde mi cristianismo se hace existencial y, por tanto, donde comienza la evangelización. Esto no elimina el anuncio explícito de Cristo, pero le da credibilidad. Una fe que se proclama y no deja ninguna huella en la vida corre el riesgo de convertirse en discurso; una vida transformada por la fe puede suscitar la pregunta que permita después anunciar de dónde nace esa manera de vivir. Evangelizar no consiste solamente en explicar el Evangelio, sino también en permitir que el Evangelio vaya haciéndose visible, con todas nuestras limitaciones, en nuestra propia existencia.
Y es precisamente aquí donde vuelvo a cuestionar la frase inicial. Si «hacer mejores cristianos» significa producir personas más piadosas, más cumplidoras, más formadas o simplemente más presentes en las estructuras religiosas, entiendo que Cursillos diga que no nació para eso. Todas esas cosas pueden ser buenas, pero ninguna garantiza por sí sola el encuentro personal con Cristo. Se puede rezar mucho y no haber puesto la vida en manos de Dios; se puede conocer perfectamente la doctrina cristiana y mantener a Cristo cuidadosamente apartado de las decisiones importantes de la propia existencia. Desde este punto de vista, «hacer cristianos a los cristianos» expresa algo mucho más radical que mejorar determinados comportamientos: pretende que alguien que ya se llama cristiano descubra qué significa realmente vivir desde Cristo.
Pero tampoco renunciaría completamente a la expresión «hacer mejores cristianos». Si después del encuentro con Cristo mi vida comienza a orientarse hacia Él, si intento vivir con mayor coherencia el Evangelio, si descubro mi existencia como misión y si mi relación con los demás empieza a ser transformada por aquello que creo, entonces me estoy convirtiendo, necesariamente, en un cristiano mejor. No más perfecto, ni superior a nadie, sino más auténticamente cristiano. La diferencia está en que ese «ser mejor» no sería la finalidad primera, sino la consecuencia. Cursillos no buscaría primordialmente mejorar al cristiano que ya existe, sino colocarlo ante Cristo para que descubra personalmente que es amado y pueda responder libremente a ese amor. Si esa respuesta es verdadera, tendrá consecuencias. «La fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (Sant 2,17).
Por eso, después de cuestionarla, termino entendiendo mejor la frase, aunque sigo pensando que necesita ser explicada. «Hacer cristianos a los cristianos» no significa negar lo que ya son, sino ayudarlos a pasar de una fe que puede estar recibida y aceptada a una fe elegida y vivida; del Dios del que me hablaron al Dios en quien decido confiar; de conocer el Evangelio a intentar hacer de él criterio de mi existencia. Y quizás esa sea también una buena manera de comprender la intuición profunda de Cursillos: no fabricar cristianos perfectos, ni seleccionar a los mejores para hacerlos cristianos, ni siquiera mejorar religiosamente a quienes ya lo son, sino facilitar un encuentro con Cristo suficientemente profundo como para colocar al hombre ante la decisión fundamental de su libertad. Después de descubrir que Dios me ama personalmente y que en Cristo ha salido a mi encuentro, la pregunta ya no es solamente qué creo. La pregunta es mucho más incómoda: ¿qué voy a hacer con mi vida a partir de ahora?
Raúl González
Diocesis de Córdoba (España)
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Making Christians into Christians
Movimiento de Cursillos de Cristiandad · OMCC
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