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Alemania: una fe que no entendía de fronteras

La historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Alemania comenzó cruzando una frontera. Apenas unos años después de que los Cursillos hubieran comenzado a extenderse por Europa, la experiencia que ya estaba dando sus primeros frutos en Austria encontró un nuevo camino hacia tierras alemanas. Era 1961 y detrás de aquella aventura estaba, una vez más, el entusiasmo de personas convencidas de que lo que habían recibido no podía quedarse solamente para ellas.

El P. José García-Cascales, claretiano español y figura fundamental en la llegada de los Cursillos a Centroeuropa, había participado activamente en la implantación del Movimiento en Austria, donde en junio de 1960 se había celebrado en Viena el primer Cursillo en lengua alemana. Ese mismo año, el Congreso Eucarístico Mundial de Múnich facilitó nuevos encuentros y contactos. Entre ellos estuvieron los establecidos con miembros de la Legio Mariae de la diócesis de Rottenburg, que ayudarían a preparar el terreno para que la experiencia llegara también a Alemania.

Marzo de 1961: comienza el camino

Del 10 al 13 de marzo de 1961 se celebró el primer Cursillo masculino de Alemania en el St.-Theresienheim de Moos, en Eriskirch, junto al lago de Constanza y dentro de la diócesis de Rottenburg. Aquel lugar terminaría siendo recordado como la cuna del Cursillo alemán.

Los comienzos no fueron simplemente la celebración de unos días de Cursillo. Había que conseguir que aquella experiencia arraigara. Con esfuerzo y perseverancia comenzaron a ponerse en marcha la Ultreya, la Escuela de Dirigentes y las primeras estructuras de coordinación. Poco a poco fueron apareciendo dirigentes alemanes capaces de asumir la responsabilidad del Movimiento y de transmitir a otros aquello que ellos mismos habían descubierto.

El crecimiento fue rápido. Durante 1961 se celebraron nuevos Cursillos masculinos y, al año siguiente, tuvo lugar también en Moos el primer Cursillo para mujeres. A partir de aquellos primeros grupos, el Movimiento comenzó a extenderse hacia otras diócesis y ciudades alemanas: Múnich, Regensburg, Augsburg, Hildesheim, Osnabrück, Limburg o Essen fueron algunos de los lugares donde aquella nueva experiencia de evangelización fue encontrando su espacio.

Una Iglesia que hablaba también la lengua del emigrante

La Alemania de aquellos años estaba recibiendo además a miles de trabajadores procedentes de otros países europeos. Entre ellos había numerosos españoles que habían dejado su tierra buscando trabajo y un futuro mejor.

También hasta ellos quiso llegar el Cursillo. A mediados de 1962 comenzaron a celebrarse experiencias destinadas a los inmigrantes españoles, con la colaboración de dirigentes llegados desde España. No tuvieron la continuidad de los Cursillos en lengua alemana y se realizaron de manera más esporádica, pero forman parte de una historia que merece ser recordada: la de una Iglesia que intentaba acompañar a personas que vivían lejos de su tierra, de sus familias y de sus comunidades de origen.

De alguna manera, el Movimiento volvía a hacer lo mismo que había hecho desde sus comienzos: acercarse a las personas allí donde estaban.

Cuando tampoco el Telón de Acero debía ser una frontera

Pero todavía quedaba una frontera mucho más difícil de atravesar. Europa estaba dividida en dos grandes bloques y el llamado Telón de Acero separaba países, pueblos y comunidades cristianas. En aquel contexto, desde Centroeuropa surgió también el deseo de que los Cursillos pudieran llegar a los cristianos que vivían al otro lado.

Austria desempeñó un papel especialmente importante en este empeño, favorecido por su posición geográfica y por los contactos que fue estableciendo con los países vecinos. Alemania participaba igualmente de aquel horizonte centroeuropeo que entendía que las fronteras políticas no podían convertirse en fronteras para la evangelización. A partir de los años setenta comenzaron a abrirse caminos que permitieron que la experiencia del Cursillo llegara también a países situados al este del Telón de Acero.

Aquella voluntad de atravesar fronteras dice mucho de una generación de cursillistas que había comprendido algo esencial: el Evangelio siempre invita a salir.

De los primeros Cursillos a una realidad nacional

Mientras tanto, el Movimiento continuaba consolidándose en Alemania. Durante las dos décadas posteriores a aquel primer Cursillo de 1961, la experiencia llegó a extenderse por las diócesis alemanas, acompañada por Ultreyas, Escuelas de Dirigentes y comunidades que iban dando estabilidad al camino iniciado.

En 1973 se dio otro paso importante con la constitución de la Cursillo Arbeitsgemeinschaft Deutschland (CAD), que se convertiría en la estructura nacional de coordinación del Movimiento. Lo que doce años antes había comenzado con un pequeño grupo reunido junto al lago de Constanza disponía ya de una organización capaz de favorecer la comunión y la colaboración entre las distintas realidades diocesanas.

Han pasado más de seis décadas desde entonces. Alemania ha cambiado profundamente. También ha cambiado la Iglesia alemana y han cambiado los ambientes en los que los cristianos están llamados a vivir y anunciar su fe. Pero el Movimiento continúa presente y la CAD sigue siendo hoy punto de encuentro y coordinación para los Cursillos de Cristiandad del país.

Seguir cruzando fronteras

Quizá aquella historia comenzada en 1961 pueda decir algo también a los cursillistas alemanes de hoy. Las fronteras actuales son diferentes. Ya no existe el Telón de Acero que dividía Europa, pero permanecen otras barreras: la indiferencia, la soledad, la pérdida de vínculos, las diferencias culturales y generacionales o la distancia de tantas personas respecto a la fe.

Frente a ellas sigue siendo válida aquella intuición que movió al P. García-Cascales y a los primeros dirigentes: salir al encuentro de las personas, acercarse desde la amistad y compartir con sencillez la alegría de saberse amado por Dios.

La historia del MCC en Alemania comenzó porque algunos hombres y mujeres se atrevieron a cruzar una frontera para compartir lo que habían recibido. Más de sesenta años después, el desafío continúa siendo el mismo.

Descubrir cuáles son las nuevas fronteras y volver a cruzarlas.

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