Hay lugares cuya importancia en la historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad no puede medirse solamente por el número de Cursillos celebrados dentro de sus fronteras. Austria es uno de ellos. La historia del MCC en este país es también la historia de una puerta que se abrió en el corazón de Europa y que, casi inmediatamente, comenzó a abrir otras puertas. Austria recibió el Cursillo, lo hizo suyo y muy pronto se convirtió en tierra de partida hacia otros países.
Si esta historia tuviese un nombre propio, ese sería sin lugar a dudas el del claretiano español P. Josef García-Cascales CMF, nacido en Xàtiva en 1928. Después de estudiar Filosofía en España y Teología en Frankfurt y Würzburg, desarrolló buena parte de su ministerio en Austria. Su nombre quedaría profundamente unido al desarrollo del MCC en el mundo de habla alemana y, posteriormente, a su expansión por Centroeuropa.
En Pentecostés de 1960, del 3 al 6 de junio, se celebró en Heiligenkreuz, en Baja Austria, el primer Cursillo de Cristiandad de Austria, impulsado por García-Cascales. Era, además, el comienzo del Cursillo en lengua alemana. Apenas había pasado un año cuando, el 13 de octubre de 1961, se celebró también el primer Cursillo para mujeres. La semilla había encontrado buena tierra y comenzaba a crecer con rapidez.
Pero lo verdaderamente significativo de la experiencia austriaca fue que prácticamente desde el principio miró más allá de sus propias fronteras. En 1961 los austriacos, encabezados por García-Cascales, llevaron los Cursillos a la diócesis alemana de Rottenburg. Allí fueron surgiendo progresivamente la Ultreya, la Escuela y el Secretariado. En 1970 el Cursillo alcanzaría también el Tirol del Sur y, pocos años después, aquella corriente evangelizadora comenzó a adentrarse en una realidad mucho más difícil: la Europa situada al otro lado del llamado Telón de Acero.
Austria se convirtió así en uno de los grandes puentes del MCC hacia Centroeuropa y Europa oriental. En 1974 comenzaron los Cursillos en Croacia, entonces integrada en Yugoslavia, bajo la dirección del sacerdote Andrija Vrane. La documentación histórica del Movimiento habla expresamente de Austria como país que “apadrinó” los Cursillos de Alemania y Yugoslavia y que colaboró después en su llegada a otros países de la órbita soviética. No se trataba únicamente de extender una metodología. En aquellos contextos políticos y sociales, mantener viva una experiencia de evangelización, comunidad y protagonismo de los laicos tenía unas dificultades que hoy podemos comprender mejor mirando aquella Europa dividida.
Mientras aquella expansión continuaba, el MCC austriaco iba consolidándose también interiormente. Austria contó muy pronto con una de las primeras revistas dedicadas a Cursillos, tradujo textos, produjo publicaciones propias y desarrolló una importante labor de adaptación al ámbito cultural y lingüístico germánico. García-Cascales dedicaría prácticamente toda su vida a esta misión y permanecería vinculado a la dirección del Movimiento austriaco hasta 2003.
Esa madurez hizo que Austria adquiriera también un peso considerable en la organización internacional del MCC. Cuando comenzó a organizarse el Grupo Europeo de Trabajo, integrado inicialmente por España, Portugal, Italia, Alemania, Austria, Inglaterra e Irlanda, el Secretariado Nacional de Austria fue elegido coordinador del Grupo. Viena sería además escenario en diferentes ocasiones de encuentros europeos —entre ellos los de 1983, 1991, 1999 y 2013—, prolongando aquella vocación de encuentro y de puente que había caracterizado al MCC austriaco desde sus primeros años.
También quedó una casa como signo visible de aquel camino. En 1975-1976, gracias a las aportaciones de los cursillistas y de la Archidiócesis de Viena, se construyó el Haus Claret, en la Bennogasse de Viena, que se convirtió en sede del Secretariado Nacional austriaco y del Secretariado Diocesano de Viena. Allí quedó de alguna manera simbolizada una historia construida por sacerdotes y laicos que entendieron que aquello que habían recibido no podía quedarse encerrado entre cuatro paredes.
En Pentecostés de 2010, cincuenta años después de aquel primer Cursillo, el Movimiento celebró en la abadía de Kremsmünster su medio siglo de presencia en Austria. El lema elegido resultaba especialmente sugerente: «Wir – Christen der Zukunft», «Nosotros, cristianos del futuro». Cincuenta años después, aquella pequeña semilla plantada en Heiligenkreuz había atravesado fronteras, idiomas y hasta sistemas políticos.

Hoy el Cursillo continúa presente en Austria, con secretariados y grupos en distintas diócesis. Pero quizá su aportación histórica al MCC mundial deba buscarse, sobre todo, en aquella capacidad para convertirse en puente. Austria demuestra que la verdadera expansión del Movimiento nunca ha consistido simplemente en sumar países a un mapa. Consiste en personas que descubren la alegría del Evangelio y sienten que aquello que han recibido no les pertenece solamente a ellas.
Por eso, al mirar la historia del MCC en Austria, descubrimos algo profundamente unido a nuestra propia identidad peregrina. Alguien llevó hasta allí una experiencia; otros la acogieron, la hicieron vida, la tradujeron a su cultura y después se pusieron nuevamente en camino para entregársela a otros. De Austria a Alemania; de allí hacia Yugoslavia y otros países de Centroeuropa y del Este. Una cadena de amistad, testimonio y evangelización que fue capaz incluso de atravesar el Telón de Acero.
Quizá esa sea la imagen que mejor resume toda esta historia: Austria no fue solamente tierra de llegada para el MCC. Fue, sobre todo, tierra de partida.