De los primeros intentos en Montevideo al impulso nacido en La Pedrera, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad ha crecido gracias a personas y diócesis que se animaron a compartir lo que habían recibido.
La historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad (MCC) en Uruguay comienza con una conversación. Según la memoria recogida por el propio Movimiento, hacia 1957 un uruguayo que trabajaba para Iberia regresó de España entusiasmado por los Cursillos y habló de ellos con monseñor Corso, entonces párroco de la iglesia del Cordón, en Montevideo. Aquel interés puso en marcha consultas y contactos. Con el apoyo de Acción Católica, Gerino Casal, llegado tras su paso por Ecuador y Argentina, organizó experiencias en el Colegio de la Sagrada Familia.
Esos primeros intentos no lograron consolidarse. Faltaban la estructura y el acompañamiento necesarios para sostenerlos. Pero una iniciativa que no prospera también puede dejar una pregunta fecunda: ¿cómo hacer que el encuentro vivido durante unos días se convierta en una vida cristiana compartida?
La respuesta empezó a tomar forma lejos de la capital. El 11 de octubre de 1973 comenzó en el hotel La Pedrera, en el departamento de Rocha, el primer Cursillo de hombres que la memoria del MCC uruguayo reconoce como inicio del Movimiento en el país. Lo condujeron hermanos de San Isidro, Argentina. Desde aquel balneario, el impulso se extendió hacia pueblos y ciudades del interior. La Conferencia Episcopal del Uruguay también sitúa el primer Cursillo en la entonces diócesis de Maldonado. No es un detalle menor: la historia uruguaya de Cursillos se afianzó desde comunidades capaces de recibir ayuda y, con el tiempo, ofrecerla a otras.

Una fe que se comparte
Después de La Pedrera llegó el primer Cursillo de mujeres, en 1974. En 1979 el Movimiento dio nuevos pasos en Mercedes y Canelones. En la diócesis de Mercedes, los primeros Cursillos se celebraron en el departamento de Río Negro y en Cardona, con la colaboración de cursillistas de San Isidro. Aquellos hermanos argentinos regresaron para ofrecer jornadas de formación que ayudaron a preparar equipos locales. Ese trabajo dio fruto más allá de la propia diócesis: desde Mercedes salieron dirigentes que colaboraron en el comienzo del MCC en San José, Montevideo, Tacuarembó y Salto.
También en 1979, Canelones celebró sus primeros Cursillos en la casa de retiros Betania, en Las Piedras: el de hombres en julio y el de mujeres en octubre. En 1982 fue el turno de Minas, donde la casa de retiros Aguas Blancas acogió los primeros Cursillos diocesanos. Participaron dirigentes de Maldonado junto a personas del lugar que ya habían vivido la experiencia. Entre quienes acompañaron el crecimiento del Movimiento, la memoria uruguaya destaca al padre Narciso Renom y su servicio en distintas diócesis.

La expansión continuó en San José de Mayo, cuyo primer Cursillo se realizó en 1987 con un equipo de Maldonado, y en Florida, que comenzó en 1991 con el apoyo de Minas. Cada inicio necesitó personas dispuestas a preparar, acompañar y permanecer. El entusiasmo abría una puerta; la formación y la vida de comunidad ayudaban a mantenerla abierta.
Del primer Cursillo al equipo propio
En Melo, el camino comenzó antes del primer encuentro. En 2001 hubo conversaciones, reuniones preparatorias y apoyo del obispo Luis del Castillo, que había vivido un Cursillo en Argentina. El padre Freddy Martínez participó en uno en Minas. Al año siguiente se celebraron en Melo los primeros Cursillos de hombres y de mujeres, con equipos procedentes de aquella diócesis.
Montevideo acogió su primer Cursillo de mujeres en noviembre de 2003, acompañado por hermanos de Mercedes, Minas y Maldonado. Una historia iniciada con un intento en la capital volvía a ella enriquecida por décadas de experiencia en el interior.
En 2013 comenzaron los Cursillos en Salto y en Tacuarembó-Rivera. En Salto, las primeras ediciones contaron con el apoyo de otras diócesis y del Secretariado Nacional; desde el sexto Cursillo trabajó un equipo propio. En Tacuarembó-Rivera, el comienzo estuvo precedido por encuentros y formación, y el séptimo Cursillo fue el primero organizado íntegramente por la diócesis. Esos pasos muestran algo hermoso de esta historia: recibir apoyo puede preparar a una comunidad para servir, a su vez, a otras.
Hoy el MCC uruguayo cuenta con escuelas y secretariados diocesanos, además de una organización nacional. Su historia también incluye el encuentro con cursillistas de otros países; Montevideo acogió, por ejemplo, un encuentro del Cono Sur en octubre de 2019. La presencia del Movimiento en las diócesis del país da cuenta de un recorrido largo, tejido con la perseverancia de muchas personas cuyos nombres no siempre quedaron escritos.

Mirar atrás invita a dar gracias, pero también interpela. Si aquel primer impulso llegó por alguien que volvió a casa con ganas de contar lo que había vivido, ¿a quién podemos acercarnos hoy con esa misma alegría? Si unas diócesis ayudaron a nacer a otras, ¿qué comunidad espera ahora nuestro tiempo y nuestra amistad?
La historia del MCC en Uruguay no está terminada. Sigue escribiéndose allí donde una persona se siente acogida, descubre que Cristo cuenta con ella y encuentra hermanos con quienes llevar el Evangelio a su vida cotidiana. De La Pedrera a cada nueva comunidad, esa es una esperanza que merece seguir compartiéndose. ¡De Colores!