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La eficacia de estar unidos.

El otro día, en una cafetería cualquiera, vi una escena que me hizo pensar. Cada mesa estaba ocupada… pero nadie hablaba. Cuatro personas juntas, cada una mirando su teléfono. Silencio. Presencia física, pero distancia interior.

Y pensé: qué fácil es hoy vivir rodeados de gente… y sentirnos solos.

Esta sociedad insiste en que somos individuos autosuficientes, pequeñas islas que no necesitan a nadie. “Haz tu vida”, “que nadie te afecte”, “protege tu espacio”. Y sin embargo, cuando hicimos el Cursillo, descubrimos algo muy distinto: que estamos hechos para el encuentro. Que cuando alguien nos escucha de verdad, algo dentro se ilumina.

Recuerdo mi propio Cursillo. No fueron las técnicas ni las charlas lo que más me marcó. Fue la sensación de que alguien se interesaba sinceramente por mí. Que mi historia importaba. Que mis heridas no espantaban. Aquella mirada limpia de un hermano que no juzgaba, solo acompañaba.

Ahí entendí que no somos islas. Somos puentes.

Con el tiempo, la vida nos vuelve a poner delante personas que nos cuestan. Ese compañero difícil. Ese familiar que siempre está a la defensiva. Ese vecino que parece vivir enfadado con el mundo. Y es tan fácil etiquetar… tan cómodo mantener distancia.

Pero un día, si nos detenemos un momento —como nos enseñaron en el Cursillo— y nos preguntamos: “¿Qué le estará pasando por dentro?”, todo cambia. Quizá detrás de esa dureza hay miedo. Quizá detrás de esa agresividad hay una herida. Quizá detrás de esa indiferencia hay una profunda soledad.

La empatía no hace ruido. No sale en redes sociales. Pero transforma ambientes.

Jesús lo hacía así. No pasaba de largo. Se detenía. Con la viuda que había perdido a su hijo. Con María llorando ante la tumba de Lázaro. Con Pedro, roto por su traición. No empezó con discursos. Empezó con presencia.

Y eso, si lo pensamos bien, es muy cursillista.

¿Cuántas veces en una Ultreya alguien empieza a contar su semana y, sin darnos cuenta, todos estamos sosteniendo ese testimonio con el corazón? No porque tengamos soluciones brillantes, sino porque compartimos la vida. Porque hemos aprendido que la caridad empieza en comprender.

Claro que no siempre es fácil. A veces vamos con prisa. A veces estamos cansados. A veces nuestro orgullo nos susurra que no merece la pena.

Pero entonces recordamos algo fundamental: no estamos solos en esto. La Gracia no es teoría. Es ayuda concreta. Es el Espíritu empujándonos suavemente a dar ese paso más. A quedarnos cinco minutos más. A escuchar un poco más.

Y la oración… esa oración sencilla que aprendimos quizá de rodillas en la capilla del Cursillo… es la que vuelve a centrar el corazón. Porque cuando miramos a Dios, aprendemos a mirar mejor a los hermanos.

Al final, la humildad es la clave. He aprendido que muchas veces no hace falta explicar nada. Hace falta estar. No hace falta corregir. Hace falta abrazar. No hace falta dar lecciones. Hace falta decir: “Estoy aquí. Cuenta conmigo”.

En un mundo que nos quiere aislados, nosotros estamos llamados a ser comunidad. En un mundo que grita opiniones, nosotros podemos ofrecer escucha. En un mundo que divide, nosotros podemos unir.

Y cada vez que un cursillista vive así —en su casa, en su trabajo, en su ambiente— algo cambia. Quizá no sale en las noticias. Quizá nadie lo aplaude. Pero el Reino crece.

Porque cuando dejamos de vivir como islas y empezamos a vivir como hermanos… el mundo se parece un poco más a lo que Dios soñó.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, volvemos a sonreír y a decir, con el corazón encendido:

De colores.

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