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Una fe que se hizo camino: los Cursillos de Cristiandad en Costa Rica

La historia del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Costa Rica comienza, como tantas historias auténticamente evangélicas, de manera sencilla y casi silenciosa. No nace de un proyecto elaborado ni de una planificación pastoral minuciosa, sino del encuentro personal con una experiencia viva de fe y del deseo sincero de compartirla. Fue en el año 1964, durante una reunión del Movimiento Familiar Cristiano celebrada en Perú, cuando José Miguel Alfaro Rodríguez y el Dr. Hermes Sánchez Borbón entraron en contacto directo con los Cursillos de Cristiandad. Aquella vivencia no los dejó indiferentes. En ella descubrieron una manera nueva —y al mismo tiempo profundamente evangélica— de anunciar lo fundamental cristiano, capaz de tocar el corazón de las personas y de transformar la vida cotidiana desde dentro.

Al regresar a Costa Rica, ambos comenzaron a compartir con entusiasmo lo que habían vivido. No hablaban de teorías ni de estructuras, sino de personas concretas, de conversiones sencillas, de amistad cristiana y de una fe que se hacía vida. Poco a poco, aquella inquietud fue prendiendo en otros laicos comprometidos, que percibían también la necesidad de un impulso renovador en la pastoral de la Iglesia costarricense, especialmente en lo referente al protagonismo del laicado en sus propios ambientes.

En este proceso inicial resultó decisiva la figura de Antonio Willis, costarricense residente en México y ya cursillista, quien actuó como puente entre la experiencia vivida en otros países y la realidad eclesial de Costa Rica. Gracias a su mediación, fue posible contar con el acompañamiento de equipos experimentados y con un conocimiento más profundo del método y del espíritu del Movimiento. Pero, junto a la iniciativa laical, fue igualmente fundamental el respaldo pastoral de la Iglesia local. En este sentido, la apertura y el discernimiento de Enrique Bolaños Quesada, entonces Obispo de Alajuela, marcaron un punto clave. Su actitud prudente y a la vez confiada permitió que aquella inquietud apostólica se tradujera en un hecho concreto: la celebración del primer Cursillo de Cristiandad en suelo costarricense.

Así, del 5 al 8 de diciembre de 1964, la diócesis de Alajuela fue testigo de un acontecimiento que dejaría una huella profunda en la historia pastoral del país. Un equipo mayoritariamente mexicano, acompañado por cursillistas costarricenses que ya habían vivido la experiencia fuera del país —entre ellos Antonio Willis, Jorge Castro y Mario González Saborío—, puso en marcha el primer Cursillo de Cristiandad en Costa Rica. Aquellos días estuvieron marcados por la sencillez, la fraternidad y una intensa vivencia espiritual. Sin grandes pretensiones, pero con una profunda convicción interior, se anunció lo fundamental cristiano y se creó un clima de amistad que permitió a muchos redescubrir la fe como encuentro personal con Cristo y como llamada a una vida comprometida.

Los frutos no tardaron en manifestarse. Aquel primer Cursillo despertó un entusiasmo contagioso y una clara conciencia de que algo nuevo estaba naciendo en la Iglesia costarricense. Lejos de quedar como una experiencia aislada, se convirtió en el punto de partida de un proceso que pronto se extendería a otras diócesis. Apenas unos meses después, del 18 al 21 de marzo de 1965, se celebró el primer Cursillo de Cristiandad en la Arquidiócesis de San José, nuevamente con el apoyo de un equipo mexicano y la colaboración activa de cursillistas costarricenses.

Ese mismo año se dio un paso decisivo hacia la madurez del Movimiento: se celebró en San José el primer Cursillo con equipo totalmente costarricense, coordinado por el Lic. Jorge Baudrit Gómez, a quien entonces se denominaba Rector. Este hecho supuso mucho más que un relevo organizativo. Significó que el carisma había sido asumido, comprendido y encarnado por la Iglesia local, que comenzaba a hacerlo suyo con responsabilidad y confianza.

El proceso de consolidación continuó avanzando con serenidad y firmeza. En 1967, la diócesis de Alajuela celebró su primer Cursillo con equipo íntegramente nacional, bajo la coordinación de Hiram Sotela Montagné. A partir de entonces, los Cursillos comenzaron a expandirse con rapidez a otras circunscripciones eclesiásticas del país, llegando a la diócesis de Tilarán, a San Isidro de El General y al Vicariato Apostólico de Limón. Allí donde el Movimiento se implantaba, surgían de manera natural las Ultreyas, como espacio privilegiado de perseverancia, comunión fraterna y envío apostólico.

Desde los primeros años, el MCC en Costa Rica comprendió la importancia de cuidar la vida del poscursillo. Por ello, junto al crecimiento numérico, se fueron creando los secretariados diocesanos y las escuelas de formación de dirigentes, convencidos de que la fidelidad al carisma y al método era garantía de fecundidad apostólica. Este esfuerzo formativo permitió que numerosos laicos asumieran su vocación y misión en la Iglesia con mayor conciencia, responsabilidad y alegría.

Así, desde aquel germen sembrado en 1964, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad fue creciendo en Costa Rica como una realidad viva y profundamente eclesial. Sacerdotes y laicos, caminando juntos, fueron descubriendo que la evangelización de los ambientes no es una tarea extraordinaria reservada a unos pocos, sino una llamada concreta a vivir el Evangelio en la vida ordinaria. Con sencillez, amistad y alegría, el MCC fue dejando una huella duradera en la historia de la Iglesia costarricense, confirmando una vez más que cuando el Espíritu Santo actúa, las semillas pequeñas pueden dar frutos abundantes.

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