Cuando uno recorre la trayectoria del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en la Argentina, descubre una historia que no nació de golpe, sino que se fue gestando en etapas, con avances, retrocesos y decisiones que marcaron el rumbo. Como sucede en muchos procesos eclesiales, nada fue lineal; hubo intentos que no prosperaron y comienzos que, vistos a la distancia, funcionaron más como preparación que como logro inmediato.
Los primeros intentos en Buenos Aires (1958)
A fines de 1958, un pequeño grupo de laicos argentinos regresó de España con un entusiasmo innegable por la experiencia de los Cursillos. Juan Vázquez, Héctor Pérez, Eduardo Madero y José Garralda llegaron a Buenos Aires convencidos de que el Movimiento podía echar raíces también en su país. Habían conocido de cerca su metodología, su espíritu y su impacto pastoral.
Sin embargo, las iniciativas que impulsaron en esos meses no lograron consolidarse. Les faltó lo que, en la historia del MCC, ha sido decisivo en todas partes: la mentalidad propia del Cursillo y su método estructurado, que no es una serie de técnicas sino una forma de comprender la evangelización de personas en sus ambientes. Aquel entusiasmo inicial no fue suficiente, y los primeros Cursillos realizados en Buenos Aires no dejaron continuidad ni fruto.
A ese período, los mismos protagonistas y la tradición posterior lo llamarían la “época CERO”: un intento que no desapareció sin más, porque dejó experiencia y preguntas, pero que no llegó a convertirse en el inicio real del Movimiento en el país.
Tucumán: el verdadero punto de partida (1961–1962)
La historia efectiva del MCC en la Argentina comienza lejos de la capital, en la diócesis de Tucumán, hacia 1961. Allí aparece una figura clave: Juan Salsenser, un laico que, por motivos laborales, había llegado desde España con la vivencia del Cursillo fresca en la memoria. Salsenser comenzó a compartir su experiencia con dirigentes de Acción Católica, que recibieron sus inquietudes con interés.
En este ambiente surgió también la figura del padre Joaquín Cucala Voix, párroco de Montserrat, quien comprendió la importancia potencial de los Cursillos y decidió viajar a España para estudiar de primera mano su metodología y espíritu. Su apoyo y su visión fueron fundamentales en esta etapa inicial.
En 1961 se incorporó otra persona decisiva: el padre José Ricardo Arbó, español de origen, ordenado sacerdote en la Argentina, que había vivido su propio Cursillo en Gerona en 1958. Arbó, recordado hoy como una de las figuras fundacionales del MCC argentino, ofreció su colaboración, y durante un tiempo trabajó junto al padre Cucala y al grupo de laicos. Sin embargo, pronto se produjo un cambio: Cucala no pudo continuar al frente del proyecto y, con su consentimiento y el permiso del obispo, Arbó asumió la responsabilidad de organizar el primer Cursillo.
La preparación fue meticulosa. El propio Arbó, ya muchos años después, diría que aquellos meses se vivieron con “mucho trabajo y mucha constancia”, y que el espíritu que los guiaba era la convicción de que el Cursillo debía ser fiel a su esencia para poder dar verdadero fruto.
Finalmente, el Primer Cursillo de Tucumán culminó el 9 de julio de 1962, con la participación activa de los sacerdotes Delfino Sánchez y Vicente Zueco. Esa fecha puede considerarse, sin dudas, el nacimiento real del Movimiento en la Argentina.
El liderazgo sostenido del padre Arbó
A partir de ese momento, el padre Arbó se convirtió en una referencia permanente del MCC en Tucumán y, en buena medida, en el país. Su testimonio —consciente, equilibrado y profundamente fiel al carisma— marcó una forma de vivir el Movimiento que se mantuvo durante décadas. Su presencia constante en numerosos Cursillos y su servicio en distintos secretariados lo convirtieron en un verdadero motor pastoral para el crecimiento del MCC.
Córdoba: la expansión respaldada por la experiencia (1964)
Un segundo hito importante se produce en 1964, cuando el MCC llega con fuerza a la diócesis de Córdoba. El 9 de julio de ese año arribaba desde Caracas el padre Carlos Zelarayán, enviado tras una sugerencia del padre Cesáreo Gil, quien había convencido al Arzobispo de Córdoba de la conveniencia pastoral de los Cursillos.
Zelarayán, con amplia experiencia vivida en Venezuela, inició de inmediato la preparación del primer Cursillo cordobés. Para ello invitó como rector al dirigente venezolano Alberto Silva Guillén, y convocó a dirigentes tucumanos para completar el equipo.
Entre el 14 y el 17 de agosto de 1964, se celebró el Primer Cursillo de Córdoba, cuyos resultados fueron tan marcadamente positivos que en pocas semanas se programaron otros cuatro: dos para hombres y dos para mujeres.
Ese mismo año, del 30 de octubre al 2 de noviembre, se realizó también el Primer Cursillo de Mujeres de Córdoba, con la participación del padre Zelarayán como director espiritual y un equipo femenino proveniente de Caracas, encabezado por Gladys Baraja.
El MCC se extiende por el país (1966 en adelante)
Desde Tucumán y Córdoba, el Movimiento comenzó a expandirse hacia otras diócesis. Buenos Aires retomó la experiencia en marzo de 1966, ahora con bases sólidas, y Rosario celebró su primer Cursillo en octubre del mismo año. Desde allí, el MCC se multiplicó progresivamente, consolidando estructuras, equipos y mentalidad en diversas regiones del país.
Lo notable de este proceso es que no se trató de una expansión artificial o programada, sino del modo en que habitualmente crecen los Cursillos: por contagio, por testimonio, por relaciones humanas. Allí donde un grupo vivía con autenticidad la experiencia, surgía el deseo de compartirla.
Situación actual
Hoy, varias décadas después de aquellos primeros pasos, el MCC está presente en 65 diócesis de la Argentina, sobre un total de 73 circunscripciones eclesiásticas. Es un Movimiento extendido, reconocido y con una historia rica en protagonistas, búsquedas, desafíos y frutos pastorales.
Un proceso que sigue en marcha
Mirar la historia del MCC en la Argentina permite reconocer la importancia que tuvieron la fidelidad de sus primeras figuras, el arraigo diocesano, la formación de equipos y la adaptación respetuosa al contexto local. Fue un proceso que no estuvo exento de dificultades, pero que creció porque mantuvo —en sus mejores momentos— la esencia que dio origen al Movimiento: la evangelización kerigmática de la persona, a través de la fuerza de la amistad y del testimonio comunitario.
Muchos desafíos nos presenta este siglo XXI, con sus nuevos paradigmas.
Los Cursillos de Cristiandad desde su carisma responden desde sus inicios al pedido de la iglesia sinodal de caminar juntos , anunciando como testigos que ” Dios en Cristo nos ama”.
Es un camino que hay que vivirlo y construirlo con la mirada puesta en el futuro…esto exige de nosotros , los cursillistas, distintas actitudes : romper paradigmas, discernir, evaluar, corregir desde la creatividad y la fe.
Queremos que en Argentina el Movimiento de Cursillos vaya creciendo cada vez más , a través de hombres y mujeres sinodales, que con su alegría y amistad vayan fermentando sus ambientes para cambiar la realidad . Y de esta manera muchas más personas encuentren el verdadero sentido de la vida y la plenitud como Dios lo sueña.
De Colores.
Fotos extraídas de la Pagina del S.N. de Argentina.