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El cristiano en la era digital

Vivimos en una época marcada por la inmediatez, la sobreabundancia de información y la hiperconexión. La era digital ofrece oportunidades inmensas, pero también plantea desafíos profundos al cristiano de hoy. Internet no es un espacio neutro: es un “continente” nuevo, un continente digital, en el que el Evangelio debe encarnarse y hacerse presente.

Como cristianos, estamos llamados a discernir —palabra que popularizó el difunto papa Francisco— sobre todo esto. No basta con estar conectados; es necesario preguntarnos qué tipo de huella queremos dejar en las redes y si nuestras palabras, reflexiones, imágenes y todo aquello que publicamos contribuyen a la verdad y a la caridad, en definitiva a dar testimonio. Ya Sócrates afirmaba que “la vida no examinada no merece ser vivida”; es por ello que debemos asumir con coherencia el timón de nuestra presencia en la red, discerniendo a cada paso qué nos construye y qué nos vacía, usar la tecnología con sentido crítico y orientado al bien, al crecimiento personal y, como suma de todos, al crecimiento del mundo.

El cristiano en la era digital tiene la misión de humanizar este entorno pero también corre el riesgo de caer en la superficialidad: desde consumir contenidos sin digerirlos con coherencia hasta terminar relacionándonos sin una verdadera comunión, sino de “perfil a perfil”. Frente a ello, la fe nos recuerda que detrás de cada pantalla hay una persona, un hijo de Dios, digno de respeto y de encuentro. San Pablo nos exhortaba: “Todo me es lícito, pero no todo me conviene” (1 Cor 6,12). Hoy, el mensaje de nuestro patrón, sigue siendo de los más actual: no todo lo que circula en la red edifica el corazón ni fortalece el espíritu.

Por otro lado, la era digital puede ser un medio privilegiado de evangelización y de encuentro. Compartir la fe, difundir mensajes de esperanza, acompañar a los que sufren… Todo ello es posible en las redes si se hace con autenticidad. Como recordaba Heidegger, “la técnica no es en sí un fin, sino un modo de desocultar la realidad”; el reto está en que ese descubrimiento de lo verdaderamente real nos conduzca a la verdad del Evangelio y no a la dispersión vacía.

En definitiva, el cristiano está llamado a ser testigo también en lo digital: a sembrar luz en medio de las pantallas, a mostrar humanidad donde tantas veces reina el anonimato, y a hacer de la tecnología un instrumento de comunión.

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